La importancia de decepcionar

En realidad, acontecimientos como el que he observado hoy se ven todos los días. Basta con prestar un poco de atención para descubrir por todas partes pequeñas micronarraciones idénticas a esta, historias aparentemente nimias o incluso ridículas pero que, sin embargo, paradójicamente, ilustran de forma inequívoca el modo cómo condicionarán, al menos, la vida entera de uno de sus protagonistas. Oportunidades perdidas, malgastadas, desperdiciadas, echadas a menos. Una sociedad miedosa, ¿en eso nos hemos convertido? Una sociedad perezosa, más bien, conformada por individuos poco proclives a hacerse cargo de su responsabilidad, tanto con uno mismo como con los otros, ya sean estos el pobre de la esquina, los refugiados de Siria o el camarero que nos sirve Fanta en lugar de Trina.

Cómo estarán las cosas, que los psicólogos actuales han creído necesario inventar una palabra para dar nombre a esta facultad humana que se revela, en realidad, por nuestra incapacidad para asumirla: asertividad. Deberíamos ser más asertivos. Decir sí y decir no cuando sí y no representan la realidad de lo que somos y lo que queremos. Sin miedos, sin rodeos. Toda contrariedad en nuestro día a día representa una nueva oportunidad para ejercer nuestro espíritu asertivo.

principio realidad
(http://lorena-psicoanalisis.blogspot.com /2011/05/mundo-interior-y-mundo-exterior.html)

Resulta que lo que distingue a la “realidad”, así lo entendía Freud, son justamente estas contrariedades. De lo contrario, la vida no se distinguiría de las ilusiones inconscientes que almacenamos con pasión infantil en nuestras cabezas. Es gracias a que la realidad nos contraría que la distinguimos de nuestros deseos desnudos. Si la vida es sueño, como anunció el poeta, entonces la realidad cae más bien del lado de la muerte, y así vino Freud a poco tardar a nombrarla con el calificativo mítico de su pulsión.

Pero sin extendernos, escribo estas reflexiones porque hoy he sido testigo de lo que interpreto como una oportunidad perdida: he observado cómo una madre que estaba de vacaciones protestaba por no saber si “eso” eran vacaciones. No hace falta preguntarse por el estatuto epistemológico de semejante saber, pues lo importante, lo que va a dilucidar este enigma, está a punto de hacerse presente.

“Quiere un Trina”. El sujeto elidido se correspondía con la figura de su hijo: una criatura que no contaba más de cinco años, pelo rubio de ensueño y peinado ideal, que asemejaba a uno de los componentes de los ya no tan afamados Backstreet Boys. “¿Trina?”. El camarero era argentino, lo evidenciaba su acento que es tan cercano al de los uruguayos aunque, en este caso, en algo se le distinguía que era, específicamente, argentino. No pude evitar acordarme de aquella amiga mía, de procedencia rusa o alemana, que justo la semana pasada me recomendó un bar de la zona centro, convencida de que el mismo se llamaba “Trina”. Para nosotros tan “natural”, al menos, como la misma Coca-Cola. A estas alturas de la partida, es difícil no confundir los registros autóctonos con los que han sido importados por la globalización.

“Sí, es como Fanta”. El camarero parecía volver en sí: “Tenemos Fanta, sí, Fanta sí tenemos”. Perfecto, no pasaba nada, en realidad le daba igual, normalmente pedían Trina porque no tiene gas, pero realmente era lo mismo, o muy parecido, y al niño le daría igual Trina o Fanta porque no notaría la diferencia. Toda esta conversación se ha producido delante del niño, en el momento en el que yo comenzaba a preguntarme si en realidad sería más pequeño de lo que parecía deducirse por su estatura.

Supongo que coincidió que yo leía en ese momento los Seminarios de Zoollikon, de Martin Heidegger, que es una cosa que siempre despierta la curiosidad fenomenológica de uno, sin pretender -quién osaría- cosa tal como elevar mis reflexiones a su altura. El caso es que el camarero argentino trajo por fin (pero no se demoró mucho) la botella de Fanta. “¿Dónde está el Trina?” El niño no debía de leer, por lo que imaginé que la madre había confiado en que su hijo no distinguiría la botella (obviando que toda aquella treta la habían tramado, sin tapujos, en las narices de él). Pero sí lo hizo. O bien echaba en falta el diseño de Trina, o bien reconoció el de la botella de Fanta, o ambas cosas a la vez. En cualquier caso, la respuesta, como la propia Fanta, tampoco se hizo esperar. Pueden hablar tan mal como quieran de los trabajadores extranjeros, pero yo no he conocido nunca camareros españoles tan sumamente serviciales:

“El Trina está aquí. Lo he echado dentro de la botella de Fanta”, decía al vuelo el argentino. La madre colaboraba al punto: “Es una cosa nueva súper especial. Va todo junto. Trina y Fanta. Está todo ahí”.

No sé cómo lo verán ustedes. En mi opinión, hay una línea muy estrecha entre mantener las ilusiones de los niños y enseñarles a asumir que no todo lo que desean es posible. Era una ocasión estupenda para enseñarle al niño que no todos los bares del mundo tienen Trina. Y que cuando uno se sienta en un bar, a veces lo hace para tomarse un Trina, a veces Fanta, a veces solo para pasar el rato sin tomar nada. Y sin embargo, cuán común es esta situación. Hoy en día, mientras que nos negamos a decirles a las claras que “no hay Trina”, no es extraño que la misma madre se niegue a mantener el “engaño” de los Reyes Magos.

Solo unos minutos más tarde, el niño trataba de beber directamente del vaso (imaginé que le habían servido una pajita, en este punto del relato me veo obligado a confesar que no les observé directamente). “Cuidado, que es de cristal”, precavió la madre. “Pesa mucho, y si se te cae, te va a hacer mucho daño”. Me imaginé el líquido desparramándose al compás de los cristales, proyectados por el rebote de un impacto estruendoso, pero común. El niño llorando y recordando las palabras de su madre: “estoy sufriendo mucho daño”. ¿Qué es daño? ¿Cuál es el límite de la frustración que podemos tolerar al niño?

Nietzsche dolor
Confesamos que desconocemos la fuente de esta sentencia de Nietzsche (Fuente: lanuevarepublica.org)

Decía Nietzsche que unas dosis de veneno son necesarias para hacernos más fuerte. El cuerpo mismo, como organismo, parece predispuesto para el aprendizaje. No tendría por qué confesarlo, pero yo mismo tengo un callo durísimo en el dedo corazón de la mano derecha, que por cierto se va haciendo más y más pequeño desde que comencé a escribir a ordenador. Recuerdo que, aún en el instituto, ese lugar me dolía muchísimo. Recuerdo la piel blanda, enrojecida e hirsuta en ese punto exacto, que parecía latir con su propio ritmo al final de cada jornada de estudio. Creo que nos ha pasado, en mayor o menor medida, a todos los que hemos tomado apuntes durante nuestra formación, aunque el boli, como la de los Reyes Magos, parece que se está volviendo una mentira en desuso.

El dolor es necesario, es una condición que “endurece”. Pero llega un punto en que el dolor, sin más desaparece, y solo queda el recuerdo encubierto por esa dureza que yo, personalmente, aún observo con orgullo y hasta cariño. Lo contrario al dolor es, como tal, entonces, el sufrimiento: una incapacidad patológica a soportar los disgustos y contrariedades con que nos hemos de encontrar. No es por capricho que, para Lacan, el paso como tal a la adultez tiene que ver con la asunción del “no” ejemplificada en el concepto de “castración” (simbólica).

Creo que este es el mejor lugar para enfocar una reflexión sobre las tendencias contemporáneas en pedagogía, sobre si estas han exagerado su cometido al atacar fervientemente toda resonancia a homogeneización, toda exigencia de memoria, toda alusión a las calificaciones, los deberes y los exámenes. Sobre cómo se espera que sea el niño el que elija lo que lleva el vaso, y no al revés. Sobre el papel de la mamá y el camarero, que deben descubrir cuál es el deseo de un infante (presuntamente) tirano, incapaz de asumir todo no; más aún: incapaz de asumir el menor rasgo de información que amenace deformar su realidad. Pues de hecho, en rigor, nos encontramos con que ya no hay una realidad previa que ofrecerle. Como tal, no hay una realidad, una cultura a la que el niño, tampoco el alumno, deba acceder.

Y entonces, me pregunto: ¿por qué seguir manteniendo la escuela como institución? No sé qué opinión tendrán ustedes pero, en base a estas nuevas concepciones, la escuela se está convirtiendo en algo absolutamente formal: solo sirve para vincular a “los pares” en función de su clase social, su cercanía, su posición ideológica; me explico: sirve para distinguir a quién le gusta esto, a quién le gusta lo otro; a quién correr, a quién pintar. Nos entrarán ganas de llorar si a uno, a uno solo, le entraran ganas de leer. Por suerte, ese no será un caso muy común, a decir del poco valor que tienden a conceder a la lectura los propios padres.

La cuestión es que da igual lo que se aprenda, lo importante es que no hay nada que aprender. Hay un prejuicio rousseauniano en todo esto, que los que hayan leído el Emilio sabrán reconocer, pues lo que sobre todo no importa es que al niño le forjemos el carácter: al contrario, el niño es, naturalmente, quien debe ser. Compárese con lo que ocurre, bien que sea tradicionalmente, en el mundo oriental, donde lo más importante de todo aprendizaje es el propio esfuerzo que se ha de invertir en el proceso. También aquí es cierto que lo más valioso que se puede aprender tiene, quizá, poco o nada que ver con lo que miden los resultados. Desde el punto de vista oriental, y hasta hace poco, también del occidental, lo más importante que aprendemos en nuestras escuelas es la disciplina misma.

Foucault nos lo descubrió, habló de la equiparación entre la escuela y la fábrica y, señalándolo, parecía que estuviera poniendo la propia disciplina en entredicho. Supongo que es el peligro de dar a leer textos de filósofos a personas que no se han formado en la reflexión filosófica. Y de querer extraer de ellos respuestas presuntamente “científicas”, es decir, dogmáticas, que es la pretensión que menos puede tener que ver con la de toda posible filosofía.

Pues resulta que tener, o más bien desarrollar, la disciplina significa ante todo adquirir un aprendizaje sobre cómo relacionarse con la frustración. Volvamos a nuestro ejemplo: para esta madre, el niño podía posponer el aprendizaje de la realidad: daba igual lo que tuviera la botella, lo importante era que no se frustrara. Hay dos aprendizajes en esta experiencia: por un lado, la realidad es lo que nosotros queramos que sea, corresponde al ámbito de nuestra decisión. Así expresada, puede parecernos incluso bien, como si se tratara de una invitación a no rendirse ante las adversidades y a hacer de la realidad un mundo más habitable para todos. Pero es la otra enseñanza, también implícita en el ejemplo, la que nos tortura y mueva a nuestra reflexión: sin ambages, la de que no hay que frustrarse; hay por el contrario que evitar el dolor a toda costa, incluso si, para ello, es preciso que moldeemos, no la realidad, sino el contenido mismo de lo real en sí. Que rompamos la barrera entre realidad y fantasía. Si no me equivoco, y espero que sí, es esta enseñanza la que hará del niño un futuro sujeto sufriente; alguien incapaz de asumir su dolor porque, de antemano, ha negado su realidad, la realidad del dolor. Sujeto formalmente psicótico: aquel que ni siquiera tiene a la realidad como límite.

La cuestión del dolor y la felicidad es uno de los temas clásicos de la filosofía. Para los epicúreos, la única felicidad era la que se definía como la ausencia de dolor. También es interesante recordar el enfoque de los estoicos: su asunción del dolor era, en gran medida, una defensa contra el sufrimiento: si nos “conformamos” con lo que podemos dominar, con lo que está bajo nuestro poder de decisión, entonces no seremos víctimas del displacer que puede llegarnos de todo tipio de orígenes. Aprender a afrontar el sufrimiento es el tema fundamental de la filosofía, para estas escuelas, por este motivo.Ambas filosofías parten de un punto común no dilucidado: la realidad existe y es fuente de dolor. Relacionarnos con el dolor es relacionarnos con la realidad.

¿A qué interés puede responder, pues, una educación basada en unos principios como los enunciados más arriba? Vuelvo por un instante al aquí y ahora de mi reflexión, en el que de repente oigo la afirmación que sigue: “Esta gente son unos caprichosos”. La frase ya no va dirigida al niño, ni al camarero, ni a la madre. Su referente se encuentra, en cambio, en un programa de televisión, uno de esos que llaman “reality”, y tiene como tal a una pareja que está invirtiendo un dineral en reformar su casa mientras discute airada y vanidosamente con los presentadores, a los que suponemos depositarios, cuanto menos, de “eso” a lo que Lacan apunta como supuesto saber.

¿No vemos la analogía? ¿En qué se traduce aquel alumno al que hemos negado el derecho a oír y ser afectado por el “no”, profundo e irreparable, de nuestros profesores? En no otra cosa que en malos inversores, aunque, eso sí, muy buenos compradores. Gastadores, derrochadores, consumistas. Caprichosos. Irresponsables. Es difícil dilucidar de qué manera se articula una pedagogía semejante con una teoría del ciudadano, que es la que, supuestamente, ha de fundar nuestras democracias. No formamos ciudadanos, damos lugar a compradores, y ese será nuestro lugar en la vida: compraremos casas y colegios y seguros médicos, compraremos partidos políticos y clasismo y religión. Y marihuana y putas y trabajadores, porque, por encima de todo, compraremos a personas. Personas que no se planteen la forma en que, como por arte de magia, se cumplen todos sus deseos. El deseo por encima de una realidad ajena e insoportable. No sé cómo lo verán ustedes. Por mi parte, no encuentro la naturalidad supuesta a estos modelos educativos que pretenden no estar enseñando nada. Eso, en lenguaje económico, se llama deslocalización. En el psiquiátrico, psicosis. Y, como resultado, obtenemos nada menos que la creación de una supuesta súper bebida de nombre “Trinafanta”, que no existe en otra realidad más que en la generada por la mente de un consumidor de menos de cinco años, al que, a tan corta edad, ya se le ha enseñado la incapacidad de confrontar hasta el mínimo “no” y, para colmo, a evitar todo dolor posible. Tal es la consecuencia de un modelo escolar que sobreprotege al niño frente a la amenaza de la castr…, digo de la frustración y el sufrimiento.

 

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