La herencia de Platón: 3. La actitud del filósofo ante la política

Proseguimos con las reflexiones de las semanas anteriores acerca de la oposición entre el filósofo y la ciudad. Concluíamos en la última entrada que la filosofía tiene su propio mito, distinto al de la polis. Este mito es el alma o psyjé.

No vamos a profundizar exhaustivamente en las repercusiones “filosóficas” de este fundamento “psicológico” que en cierto modo elige Platón para la filosofía, aunque intentaremos extraer, sin salirnos del actual debate, algunas conclusiones que nos ayuden a vislumbrarlas. El lugar para estudiarlas en profundidad no sería ya la Apología, sino el Fedón. Quien quiera profundizar un poco más en este punto, puede remitirse a nuestra entrada sobre la palingenesia platónica.

Hemos dicho que el mito de la filosofía, el que le distingue de la ciudad, es el alma. En este punto nos distanciamos un poco de Lastra, aunque tampoco estaríamos cerrados a aceptar una copertenencia de nuestros respectivos “principios”: él prefiere considerar que el mito no es el alma sino la inmortalidad, y que es esta la que no se pone al servicio de la ciudad sino, ahora sí, del alma, es decir, del individuo.

Como sea, en todo caso, la oposición filosofía-ciudad revela un conflicto de intereses; conflicto, por cierto, muy renombrado en la historia de la filosofía, al menos, desde que Kant se sirviera de él para elaborar su filosofía de la historia.

lamagahoy.blogspot.com
El individuo está en su cultura como el insecto, enganchado a la red, que es a la vez su hábitat y su perdición (Fuente: lamagahoy.blogspot.com)

 

Después de Kant, Schopenhauer, después Nietzsche y, por fin, Freud (El malestar en la cultura), han seguido encontrando en esta oposición una suerte de “motor” que rompe con la casualidad y se yergue como fuente del progreso. Por valernos de la metáfora kantiana: los árboles no pueden crecer torcidos en el bosque, porque el choque con los otros árboles los mantiene rectos.

Esta suerte de “conflicto inevitable” define la manera como lo político entra en juego para estos autores. La política no es ya algo autoevidente, sino lo que se yergue sobre la totalidad de diferencias. La ilusión de homogeneidad propiciada por ideas/mitos políticos, tales como “Estado”, “nación” o “pueblo”, no son más que eso, una ilusión, los idola urbi por los que la actitud del filósofo le condena a aparecer ante sus conciudadanos como un ateo en quien no se puede confiar.

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Solón, uno de los siete sabios de Grecia

El filósofo, en una situación tal, ¿es un sabio? Alguien se preocupa en incidir en que Solón fue el gran sabio ateniense, al que la ciudadanía acudió para que le ofreciera su ley. El sabio es, de este modo, el que posibilita la convivencia, y queda así definida la utilidad de su saber por su función eminentemente social. La posición del sabio es la posición del supuesto saber y la posición del dador de la ley: un Otro que a la vez es Amo, con mayúsculas ambos.

 

Sócrates, en cambio, se excusa: “Yo no he sido maestro de nadie”. Lastra sitúa aquí la mayor diferencia entre el filósofo y el sofista. Este último representa la posición de éxito social del saber, es decir, del saber en su utilidad para la ciudad.

El filósofo que se reivindica en los diálogos platónicos lucha contra esa concepción del saber. La sophía hacia la que se tiende o que se anhela es algo radical, y radicalmente in-cívico. Aquí debe situarse la irrenunciable oposición entre la sofística y la tarea socrática, sea cual sea el modo como esta se defina.

¿Quién es Sócrates? Él mismo responde: es un tábano, una chinche. En este sentido, representa la posición hegemónica de ese individuo cuya diferencia debe subsumirse en el nomos de la ciudad. Nada se opone tanto a la filosofía como su topónimo, porque esta no revela tanto una procedencia, la contextualización de su saber, de dónde este toma su palabra, cuanto un interés que debe ser propio de la filosofía, y por ello ajeno y aun contradictorio con el de la ciudad. Resuenan ahora en nuestras mientes esas palabras anotadas por Nietzsche de las que tanto gusta acordarse Lastra: “Eso que expresa Platón, no se lo podía haber oído a ningún griego”.

El individuo socrático no es solo egoísta, un “idiota” en el sentido más estricto de la palabra, que es el etimológico. El individuo socrático es ante todo un mal político -y, por ello, Lastra apostilla: “Y un mal ciudadano”. Argumenta entonces que el efecto de la filosofía es la moderación; pero esta es una palabra que, para su uso filosófico, exige que sea revisada, cuando no definida. De otro modo, será demasiado sencillo caer en la trampa de la oposición mediática entre radicales y moderados. Y ya hemos visto que, si el filósofo es moderado, ello no puede producirse a costa de renunciar a su radicalidad: la radicalidad es el lugar donde se pronuncia la palabra de la filosofía, que, recordémoslo, es radicalmente impía, radicalmente molesta, radicalmente inútil, inservible para los consensos y para la armonía social. La palabra filosófica, si es filosófica, es “radical”.

Nada que ver, pues, con esa moderación de los debates, afectada por el peso del pensamiento único y la necesidad de movilizar el voto de las masas; nada que ver, pues, con esa moderación que no es más que un efecto de los noticiarios y que todo el tiempo reivindica al “sentido común”.

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René Descartes (1596-1650): Autor del famoso Discurso del método, donde se pronuncia la expresión “pienso, luego existo”, que hoy día se considera fundadora de la Modernidad

La filosofía, sea lo que quiera ser ella, será siempre algo contrario al sentido común. Lo exponía con ironía Descartes cuando decía que el sentido común era el más común de los sentidos, y estábamos todavía en el siglo XVII. El sentido común representa otro interés, impide pensar, produce temor a las palabras y se inventa, para suplir sus carencias, un lenguaje “políticamente correcto”, vale decir: un lenguaje falto de verdad, falto de valor y de valentía, falto, por fin, de radicalidad, la misma por la que tiene que morir el filósofo.

 

No sabemos si Lastra se refiere a este tipo de moderación. Sí sabemos que su noción bebe de una referencia bastante más compleja, una referencia que podríamos tildar de psicológica. Ya hemos dicho que el vulgo toma al filósofo por una figura arrogante. Bien, esta arrogancia no es sino el fruto de su moderación: en la medida en que se ha librado del espejismo que al ciudadano de pie producen las construcciones sociales, él se toma la conducta con sosiego, sin pasión. Moderación no se opone a radicalidad, se opone a fanatismo.

Y en esto da igual que hablemos de fanatismo “de los exaltados” o del propio “de los moderados”; pues aquel que cree “demasiado” en las instituciones, que es incapaz de ver que estas no son otra cosa que el fruto del consenso y de un interés, a menudo, que usurpa y contraviene al interés del propio individuo que las está defendiendo -del interés, por decirlo con Kant, “moral”-, aquel tendrá que ser visto, a los ojos de un filósofo, como un auténtico fanático; vale decir: como un sofista.

Seguiremos en unos días.

 

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