La herencia de Platón 2: La filosofía, la ciudad y sus mitos

Me gusta escuchar a Lastra porque su palabra lleva consigo un pensamiento que, por sí mismo, hace pensar. Gran orador y poco amigo de las limitaciones y el pensamiento plano que impone lo políticamente correcto, sus tesis consiguen embaucarlo a uno y trasladarlo, como por encanto, a conclusiones que nunca habría consentido sostener. Ese es, justamente, el momento en que su palabra hace pensar y se torna, a mi parecer, propiamente filosófica. Es allí donde se revuelve y surge el “yo” de quien hasta entonces solo había escuchado, para reivindicarse y pedir la palabra, en un juego que no puede sino recordar a la más clásica de todas las disputas filosóficas: los mismísimos Diálogos platónicos.

20121127_comunicacion_efectiva.eoi.es
Fuente: eoi.es

 

Paso ahora a referirme a los términos en que se mantuvo la discusión posterior a las tesis, valientes y audaces, de Antonio Lastra.

Teníamos que, en su esquema, extraído de la Apología de Sócrates, el filósofo era condenado por impío. La de “ateo” es una acusación que se ha usado, ya modernamente, como sinónimo de “asocial”. Para lo que nos interesa, ser religioso es importante en tanto que presupone una defensa de los dioses de la ciudad, ya se comprenda por ellos a las divinidades cosmológicas griegas o al providente Dios cristiano.

abissonichilista.altervista.orgDe hecho, el mito es más recurrente e imprescindible que el sentido espiritual de la religión. Las sociedades se sustentan, fundamentalmente, en mitos. Así lo hemos oído definido: “Las sociedades tienen que inventarse mentiras para defenderse”; literalmente: “Tiene que haber un ancestro del pueblo valenciano para que el pueblo valenciano crea en sí mismo”; crea que “existe”.

La cuestión del mito y lo fundacional es un aspecto que ya hemos tenido ocasión de tratar profusamente en otros espacios. Es un planteamiento cuyas fronteras trascienden los límites de lo político y se lanzan hacia la ontología, es decir, el discurso sobre lo que, estrictamente, “somos”. Por ofrecer aquí una presentación sintética y didáctica, podemos referir a la concepción defendida por Mircea Elíade en El mito del eterno retorno. Allí, el autor aprovecha para distinguir el marco ontológico del mito pagano del de la religión cristiana. La tesis central es la siguiente: el mito sirve como fundamento de una estructura temporal cíclica, o mejor diríamos circular. La narración mítica sirve para justificar u ofrecer una explicación de lo que hacemos en el presente, de cómo nos relacionamos con nuestro entorno, natural o social, y con nosotros mismos. El mito ofrece para ello una exposición de acontecimientos situados in illo tempore, es decir, en un pasado remoto o situado más allá de todo tiempo. En ella descansa la estructura fundamentadora del mito: en su capacidad para repetirse en el presente, y fundarlo como tal, presente que existe en la realidad porque forma parte del mito anterior que lo funda; en la medida en que obramos así porque los dioses obran y han obrado siempre del mismo modo.

Penelope
Penélope: la tejedora que sirve de ejemplo a todas las tejedoras del mundo griego.

 

Las tesis de Elíade, así tomadas, nos hablan de la necesidad de un relato anterior que funde ontológicamente toda propuesta de actualidad. La actualidad es tal, desde este momento, no solo en la medida en que se aborda en un presente que es redundante, sino sobre todo en tanto que es capaz de “actualizar” lo fundante del mito, de repetir el mismo acto de fundación. Esta es la razón por la cual Kierkegaard afirmaba que no hay nada que se pueda decir con valor que no se haya dicho todo el tiempo, o el sentido que nos gusta darle a nuestra propia labor de “actualización” de la filosofía. No se trata solo de leer continuamente a los clásicos, se trata de apreciar cómo “actúa” eso fundante que fluye en la palabra filosófica.

Desde este enfoque, el mito no es una mera mentira: es de hecho un presupuesto de la mismísima racionalidad, una mentira que se repite de modo imperceptible en cada acto racional, en cada enunciado, en cada palabra. Del mismo modo, también el discurso de la política, por racional, necesita “actualizarse” mediante un relato “anterior”. Así nos aparecen un Locke o un Rousseau para hablarnos del buen salvaje que funda el derecho natural.

¿Cuál es, en este contexto, el mito de la filosofía? En este y en todos, pues la respuesta ya nos la ha dado Platón, aunque aquí nos serviremos de la formulación que nos presta Lastra: el mito de la filosofía es uno que se opone por esencia al mito de la ciudad. A ese mito Platón lo ha llamado psyjé, y nosotros “psiquis”, “mente” o “alma”.

Pero eso ya es tema de la siguiente entrada.

Hasta entonces, un saludo y feliz año.

 

Licencia de Creative Commons

Este es un texto con licencia de creative commons.


 

Si te ha gustado este texto, te animo a compartirlo y espero tus comentarios. Saludos del autor!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s