La herencia de Platón: 1. La filosofía en la ciudad

He estado visitando blogs desde que abrí el mío, y me encuentro con una notable sorpresa: la dificultad de encontrar blogs de filosofía “puros”, es decir, en los que exista una auténtica problematización de la palabra filosófica.

Por supuesto que habrá excepcíones (por ejemplo esta), pero la inmensa mayoría pecan de un pecado común: la reproducción del saber supuesto. La posición del supuesto saber es en este caso de algún profesor de secundaria que expone sus resúmenes y sus sistemas.

La reproducción del “supuesto saber” es cómodo, tan cómodo que solo se justifica por su “utilidad”. Hasta el punto de que uno no puede evitar preguntarse si en ello no encontramos, más bien, algo contrario a la propia filosofía, que hasta el momento ha presumido de su “inutilidad” y de ser el acicate de la sociedad.

Ya en la Apología de Sócrates, el filósofo era juzgado y condenado por la ciudad. Probablemente en ningún texto se aborde de manera tan directa la relación entre el saber filosófico y la ciudad.

Y en este sentido, el mensaje es claro: la filosofía no es ya inútil, es directamente un problema para la sociedad que la cobija. ¿Por qué? La filosofía se distingue de la ciencia y la tecnología, que siguen la ley del bienestar de la sociedad. El interés filosófico es distinto: ella consiste en la investigación completa y radical de las cosas.

pensador acorrentado

No es que no haya ciencia pura. Sabemos que la hay. Y yo personalmente la considero, justamente por su pureza, filosófica. Pero, mientras la ciencia pura puede obtener réditos de su aplicación, de lo que podemos extraer numerosos ejemplos, lo que ocurre en cambio cuando hacemos algo tal que filosofía “aplicada” es que la filosofía “propiamente dicha” desaparece, difuminada en la necesidad de su aplicación: es decir, de prestar un servicio a la sociedad.

Ya avisamos que hemos de tomar estas tesis con cuidado, porque más adelante intentaremos liberarnos de ellas. O al menos aligerar un tanto el peso que nos imponen sus cadenas.

El interés de la filosofía pertenece a otro plano. Sigamos escuchando a Sócrates: ella se pronuncia contra los dioses, hasta tal punto que debe morir por ello. Es Antonio Lastra el que ha tenido a bien indicarnos: “contra los dioses, sí, pero los de la ciudad“, es decir, los dioses guardianes del interés conjunto de la polis, los que aseguran que la sociedad siga siendo lo que es. De aquí, Lastra extrae una suerte de “principio conservador” para la definición del propósito último de toda comunidad política: “Lo que la sociedad quiere, fundamentalmente, es seguir siendo sociedad”.

Esta concepción supone que obviemos toda referencia a un interés puro del científico. No vamos a entrar ahora en un debate sobre la esencia de la ciencia y del investigador, pero creo que podemos asentar que esta exclusión radical de la posibilidad del interés puro del científico es discutible.

Pero como solo es discutible, y también tiene sus buenos fundamentos filosóficos (particularmente en Bacon), la dejaremos en el aire por el momento.

La exclusión del interés puro del científico en su investigación supondría que este individuo trabaja exclusivamente motivado por el servicio de sus descubrimientos a la comunidad. A todo otro interés, si queremos, podemos concederle el rango de “filosófico”.

A esto, según nuestro Lastra, se opone la filosofía. Para comprenderlo, prosigamos con la comparación con la ciencia. Esta no necesita una idea del bien, pues la suponemos “moralmente neutral”. De hecho es por esta neutralidad moral puede poner sus conocimientos al servicio de la bomba de hidrógeno lo mismo que para el uso farmacéutico de la penicilina: ambos son resultados de la comprensión del hombre, pero no nos hablan de una esencia de la ciencia como tal. ¿O sí?

Lo cierto es que sí, en un sentido: ambas responden al interés de la sociedad. Aquí es donde vuelve a ser preciso rescatar el principio conservador de Lastra: lo que la sociedad quiere es seguir siendo sociedad. Más allá de su contenido, interesa lo formal en él: el principio social no es un principio moral. La ciencia, en su neutralidad, es perversa, porque perversa es la sociedad a cuyo interés responde. Quedémonos con esta idea, que será preciso retomar cuando intentemos analizar el uso práctico de la filosofía en la sociedad.

Solo en base a este principio perverso en el revés del ideal social podemos entender los tres factores de la neutralidad moral de la ciencia defendidos por Lastra:

  1. como decíamos: la ciencia no necesita de una idea del bien.
  2. ella trabaja para el bienestar social.
  3. como corolario, quiere que la ciudad se rompa lo menos posible.

Esta secuencia nos permite ver cómo del principio conservador se deduce un ideal totalitario: todo el servicio que se puede hacer a la sociedad está regido por una máxima: que no se rompa (el estado actual) de la sociedad.

Se diría que, de este modo, obviamos que “ciencia” (o técnica) es tanto la bomba atómica como la guillotina; y que defender la pervivencia del tejido social no siempre responde al interés de los gobernantes. Es justo decir que se destruye la ciudad cuando se aniquilan o se venden las propias instituciones y, como consecuencia, la ciudad se escinde entre aquellos que pueden acceder y los que no. En esto no interviene precisamente la sociedad. Es más: se trata de la consecuencia de la profesionalización, vale decir conversión en un saber técnico, de la política.

La ciencia, por cierto, sí escinde la ciudad y resquebraja el principio conservador defendido por Lastra. De todas formas, estamos muy lejos de aceptar que todo el servicio que se pueda hacer a una sociedad tenga que ver con el corolario totalizador aludido: no todo bien a la sociedad se mide en términos de pervivencia.

Sin embargo, el factor 3 que hemos definido como “corolario totalitario” puede ser leído de otro modo: según el cual lo “técnico” es el pegamento de la sociedad. Su rival más cercano no es ya la filosofía, sino la religión.

reflexionesvetero.blogspot
Fuente: reflexionesvetero.blogspot.com

Y justamente la diferencia entre ambas descansa allí donde la ciencia, según Lastra, contradice el presupuesto socrático de la filosofía: también la ciencia es inherentemente impía. Huelga decir que la misma “ciudad” que condenó a Sócrates fue la que persiguió a Copérnico o Galileo. Solo basta que se den las condiciones para que ambas se enfrenten.

 

De este modo, todo se daría la vuelta; la ciencia y la filosofía compartirían un ideal común: ambas serían internamente revolucionarias. De hecho, este sería el punto que justifica esa “incomodidad” en la que se reconocería, a día de hoy, cualquier filósofo. Que el interés revolucionario de la filosofía deba ser entendido como algo esencialmente anti-social, es algo que, cuando menos, deberá ponerse en duda.

Y, del mismo modo, sobre la supuesta neutralidad moral de la ciencia, habría que recordar algunos nombres, como los de Darwin, Marx o Freud, o incluso Marie Curie, representativa en sí misma de que las mujeres también podían hacer ciencia. En todos ellos encontramos repercusiones, cuando menos, para una definición del sujeto moral y de sus límites; límites que demarcan la relación, no entre la filosofía y la ciencia, sino de ambas con la religión, es decir: la liturgia conservadora de los dioses de la ciudad. Por cierto que hay que entender que, en este sentido, la figura de un Jesucristo tardó lo suyo en erigirse como el ideal religioso que hoy día está dejando de ser. Pero a eso nos referiremos en la siguiente sección.

(Continuará la próxima semana).

 

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