El vacío y la nada (y 2)

Continúa de la semana anterior.

La respuesta de aquel que, en otro tiempo, había sido mi profesor me confundió y, claro, al confundirme, se hizo el vacío. Por suerte su autobús llegó pronto. El vacío es un medio realmente incómodo. Me pregunto si aquel vacío tenía algo del principio creador descrito por Guericke. En realidad, ni siquiera consideré esta posibilidad. Se marchó mi acusador, con una despedida tan escueta como lo habían sido su respuesta y su inicial saludo. Respiré aliviado.

Me gusta usar el autobús porque dilata el retorno. Da la sensación angustiosa de que se sitúa uno ante los últimos instantes de la vida. Unos minutos más y habré llegado a casa, todo cejará. Cada espera marca esta situación. Hay cierto placer en la sensación de precipitarse hacia la eternidad, placer que justifica lo neurótico de nuestros miedos. Extraigo mi libro para llenar con su lectura el vacío hasta que llegue el autobús. Y luego, hasta que el autobús llegue a mi parada. El tramo final que siempre es de necesidad recorrer se siente ya como una carga pesarosa, innecesaria. ¿Para qué hacía falta este nuevo martirio?

¿Qué es el vacío? Si lo definimos como ausencia total de materia y energía en un punto del espacio, entonces se sigue tratando de algo imposible. Cuando Galileo mostró que el vacío era posible, su concepción se reducía a la ausencia de aire. Pero el universo abierto por la física cuántica ha abierto nuevo “material” a la realidad; literalmente: nos ha descubierto un mundo nuevo, que no debiera ser menos significativo para la concepción del hombre de lo que lo fue el descubrimiento de América.

Ya los atomistas griegos concibieron que la realidad estaba esencialmente compuesta de átomos indivisibles (hoy diríamos “partículas”, ya que nuestros “átomos” no son propiamente indivisibles) y vacío. El vacío era propiamente el “espacio” en el que estas partículas caen eternamente, sin concierto y sin fin. Los “cuerpos” como los conocemos surgen del resultado de múltiples choques, en los que las partículas se suman unas a otras y ven sus trayectorias desplazadas. De modo que el vacío ejerce como una suerte de fuerza de atracción entre las propias partículas, los “átomos”, que han existido y seguirán existiendo desde siempre. Como afirma, ya en Roma, Lucrecio, la virtualidad principal del vacío, contra la concepción aristotélica, consiste en su capacidad de explicar el movimiento, pues sin vacío no habría lugar al que los objetos pudieran desplazarse.

De izquierda a derecha: los atomistas clásicos Leucipo, Demócrito y Lucrecio. Fuente de todas ellas: Wikipedia.es

Volví a mi libro, cuyas palabras había estado mirando fijamente con afectación patética o patológica, pues era incapaz de leer. En lugar de ello, me imaginaba al escritor de mi texto manchando de tinta las páginas, todavía en blanco, que sostenía con incomodidad a causa de un frío que laceraba mis manos. Según Sartre, no hay que darle tantas vueltas al asunto: esas páginas son así, manchadas, sin intencionalidad; en sí, dice, “es un volumen de páginas dobladas, fatigadas” y poco más; no es algo que alguien ha escrito y otro alguien ha comprado, mucho menos leído. Y de hecho, no lo estaba leyendo. Pero al mismo tiempo pensaba en que esas manchas de tinta no eran ya meras manchas de tinta, como suponía Sartre, sino palabras; y en que quizá, por ello, no fuera tan estúpido como suponía hablar, en este sentido riguroso, de creación.

Por ejemplo: también un poema se hace con palabras, pero, en este caso, se trata de algo más que de la mera secuenciación de las palabras. No hablemos ya de la tinta o del papel. “Eso” que crea el poema, más allá de su presencia física en el papel y en la tinta, nace de la nada, y la mera superposición de tinta en la superficie de papel no basta para explicarlo (para darle una explicación causal) de lo que hace que un poema llegue a ser como poema.

El psicoanálisis entonces dice: “la tinta y el papel no, pero hay otro sentido en que las palabras sí tienen una procedencia definida; la creación no es, en cualquier caso, de la nada”. Parménides puede seguir durmiendo tranquilo. Es decir, hablamos, leemos, soñamos como evidencia de que tenemos pasado, de que, después de todo, sí hay cierta continuidad. La “libertad” que define el fenomenólogo como momento de asentamiento en la negatividad sigue siendo tan ilusoria como la pretendía el filósofo poeta: la nada “no es”.

Y sin embargo, incluso en el caso del psicoanálisis, para el que todo acto de creación se explica como el resultado de una serie de mecanismos psíquicos (el artificio de la condensación, o del desplazamiento, o de lo que se quiera), hay que reconocer que incluso lo que así “resulta” es ya de un orden completamente distinto, que solemos suponer elevado, superior. Generalmente nos referimos a ello como orden estético. La nada como principio es entonces algo que sucede articulando el propio proceso de creación; por ello creo que hay que darle la vuelta al esquema. La relación entre el ser y la nada es mucho más compleja de lo que se figuraba Parménides, como cabía esperar.

Como ocurre en la física cuántica, donde también hay una noción de vacío. Noción sorprendente porque, tal como ella la formula, el vacío ya no está, en sentido estricto, “vacío”. El no ser está todo él lleno de la posibilidad de ser: es virtualidad informe, esperando a que se den las condiciones arbitrarias e impredecibles en las que, de repente, la cosa “se da” (luego “es”).

cuentos-cuanticos.com
Chiste de físicos: una partícula en el vacío. Fuente: cuentos-cuánticos.com

Hay estados cuánticos donde el vacío solo se da cuando emerge esta partícula: ese primer “dato” que “vacía” de energía a su alrededor. Y es solo entonces cuando, según ella, podemos hablar del vacío con propiedad. La razón es aparentemente simple: la definición física del vacío es algo así tal que “momento de mínima energía” de un sistema. Resulta que hay sistemas en los que el momento de mínima energía exige que se produzca una partícula. Entonces la energía del sistema se concentra en ella y el vacío está más vacío que nunca. La posibilidad se ha hecho actual y, con ella, emerge la propia realidad “vacía” como trasfondo metafísico de todo lo que ya no es. No puede haber imagen más precisa de la relación entre creación y nihilo, solo que aquí no parece tratarse tanto de creatio ex nihilo, sino de nihilo ex creatio: la nada a partir del acto de creación.

biography.com
Jean Paul Sartre (1905-1980), eligió la “situación” como imagen de una nada en la que el hombre se enfrenta a la totalidad de sus posibilidades, de modo que ya no sabe adónde mirar. Fuente: biography.com

Quizá por ello el existencialismo, particularmente el existencialismo sartreano, ha definido este espacio informe, que preludia la constitución del objeto, como “libertad”. “Situación”, opción “radical” (heredera de la fenomenología de Husserl, pero ese no es nuestro tema) porque solo en ella se puede fundar como tal esa plena “situación de libertad”, es decir, la que ofrece todas las posibilidades.

Decir que la naturaleza es “libre” resulta un contrasentido. Y sin embargo, lo que se produce en el paso del no-ser al ser que se consuma en el vacío es del corte de una decisión. La cosa empieza a ser y a no-ser en el mismo momento, como consecuencia de una decisión de ser. Solo en ese momento se abandona la incertidumbre.

El propio conocimiento no puede comprenderse entonces más que como una decisión de este estilo, quizás la fundamental. El propio acto de “ser” solo se concreta en el poner la palabra, en el decir lo que la cosa “es”; vemos el paralelismo con el materializarse de la partícula. Decía Lacan que la palabra es la muerte de la cosa. Pues bien, lo que “hay” en ese vacío anterior a la emergencia de la partícula es justamente “cosa”. La partícula la mata entonces, en todos los sentidos, condenándola de una vez por todas al no-ser.

No vamos a abundar en ello, pero hoy día, gracias a Heisenberg, la indeterminación es un principio fundamental de la física. Hay cosas en la naturaleza que se excluyen: literalmente, no pueden darse a la vez. El momento de conocerlas es por ello algo fundamental: es una decisión, es decir, fundacional en todos lo sentidos.

La física moderna  define el vacío como el estado de mínima energía de los sistemas cuánticos. Pero este vacío no es algo inerte, está en permanente cambio con continuas fluctuaciones que varían su energía … Estas fluctuaciones se pueden interpretar como aparición de partículas desde el vacío y su posterior reabsorción en el mismo.

(Enrique Fernández Borja: El vacío y la nada. ¿Qué había antes del Big Bang, RBA, Navarra 2015; pp. 8-9).

A este vacío se le puede “inyectar energía” con el ánimo de generar partículas. El resultado es un espectro en el que se pone en juego el salto del no-ser al ser y viceversa. El vacío podría estar así en el origen mismo del universo: “hoy día, hay muchas sospechas de que nuestro universo apareció desde el vacío y que está tendiendo al mismo” (Fernández Borja, op. cit., p. 10).

Por fin, faltaba ya poco para llegar a casa: esa nueva sensación de no-ser, de haber podido ser y no haber sido. Llevaba en las manos un ejemplar de Tokio Blues de Murakami. La lectura me tenía tan absorvido que no lo detuve ni cuando por fin me apeé del autobús. Leía cómo Reiko explicaba así su caída en desgracia: “Me rompí por dentro. ¡Crac! Se me aflojó un tornillo en la cabeza. Mi mente se hundió en el caos, todo se tiñó de negro…” (p. 162). Esa locura con la que especula el geómetra, el gran temor del filósofo, su “muerte”, por decirlo de algún modo.

220px-Anaxagoras_Lebiedzki_Rahl
Anaxágoras (500-428 aC), definió el nous como principio de la realidad. Fue expulsado de Atenas por sus propuestas heréticas, como que el sol era un cuerpo incandescente o la luna una roca desgajada de la corteza terrestre (que concuerda con la concepción vigente). En la imagen: fragmento del mural pintado por Eduard Lebiedzki sobre un dibujo de Carl Rahl, en la Universidad de Atenas.     Fuente: Wikipedia.es

Es así que el paso del no-ser al ser es ilusorio o al menos el resultado de una decisión que es fundamental por fundante. Para comprenderlo, siempre podemos volver a los antiguos griegos; en este caso, hablemos del filósofo Anaxágoras. Porque, si bien decía Platón que los presocráticos no habían sabido reconocer el arjé, es cierto que a veces resultan, cuando menos, muy didácticos.

Anaxágoras explicaba el principio de la realidad como sigue: en un caos originario aparece “de repente” el nous ordenador, es decir, la mente o el pensamiento, la posibilidad de conocer y comprender. El caos se vuelve sistema. Anaxágoras dijo nous y no logos porque quería remarcar que se trataba de una decisión: fue así el primer existencialista.

Así lo explica Mauricio Wacquez, siguiendo, en su caso, a Sartre:

Los “momentos”, las situaciones de la vida , representan su contingencia. La existencia -plano supremo de la realidad- no es otra cosa que la contingencia: las cosas como son, en su manifestación libre y abandonada.

(M. Wacquez: Conocer Sartre y su obra. Dopesa, Barcelona 1977; p. 35)

El nous es ordenador pero precede en su condición de fundamento al logos: las cosas, primero, son. Por eso no le gusta a Platón: el nous de Anaxágoras habla de un momento de empezar a ser, y de empezar a no-ser. Su arjé no es principio de estructura y tiene muy poco que ver con la realidad de las matemáticas que Platón tanto admira y que condicionan, casi por completo, su pensamiento.

 

Licencia de Creative Commons

Este es un texto con licencia de creative commons.


 

Si te ha gustado este texto, te animo a compartirlo y espero tus comentarios. Saludos del autor!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s