Y si hubieran leído a Kant

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El siguiente artículo responde a la polémica suscitada por el ridículo de Iglesias y Rivera ante una pregunta sobre qué título de filosofía recomendarían. Lo he dividido en tres partes, que “responden” a tres distintas maneras de afrontar tanto la respuesta como la pregunta.

 

1. La filosofía y el silencio

Decía Nietzsche que es necesario guardar un silencio de muchos años para alcanzar a decir algo que se pueda tener por digno de una mínima grandeza. Evidentemente, esta afirmación es contraria tanto a las exigencias de la cotidianidad mediática como al espíritu democrático de las mismas, muy ajenos a nuestro querido filólogo. Muy al contrario, el “buen político” se ve hoy en día impelido a ese juego absurdo, tan querido por los medios, que consiste en exigir una respuesta construida sobre la marcha, tan solo unos pocos, muy pocos, segundos después de que se la hayan planteado.

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Ana Pastor, más periodista que nadie, repregunta a Pablo Iglesias.    Fuente: elperiodico.com

Al político, por excelencia, se le pide inmediatez: es decir, literalmente, que responda sin reflexión, sin pensar en lo que dice. Parecería que todo lo que no fuera la reproducción mecánica de un autómata debiera ser tenido por sospechoso: como si en la duda se entreviera la mentira. La filosofía, por el contrario, nos enseña otra cosa: es en la duda donde empieza a vislumbrarse en su turbia desnudez la verdad.

Recuerdo una ocasión en la que Gilles Deleuze, que era un gran orador, se quejaba de que el formato de los debates en los medios de comunicación no le permitía hablar tanto como le correspondería a un buen argumento. El caso actual nos muestra un ejemplo de la exigencia contraria, aunque no nos descamina demasiado de las protestas de Deleuze: nos encontramos ante una pregunta que, si quiera por llevar la voz “filosofía” en el enunciado, exigía tiempo… Tiempo para pensarla, tiempo para digerirla, tiempo para considerar el peso de la palabra. La palabra filosófica, y esto es lo específico de ella, es seria; severa, diría yo más bien.

Esto no lo permiten los formatos televisivos, que ponen ante el espectador un juego referencial ingenuo por infantil y, por todo ello, digno de considerarse pre-Ilustrado. La prensa crea una realidad compuesta por objetos-referentes, cada uno con sus respectivos nombres. El entrevistado solo debe meter la mano en su valija y escogerlos, casi al azar, como haría una “mano inocente”.

El periodista se ha hecho, así, dueño de la comunicación en los medios. Dueño de la comunicación porque se ha hecho dueño de su tiempo. No es de sorprender, pero conviene recordarlo. Porque, de lo contrario, corremos el riesgo de caer en una terrible confusión; una confusión que atenta contra nuestra misma “dignidad” de individuos ilustrados, y que consiste en identificar nuestros pensamientos con las razones esgrimidas por esas voces que llenan el espacio de la comunicación periodística.

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El tiempo constituye la herramienta de coerción periodística sobre el discurso, y además la que hemos asumido con mayor naturalidad.     Fuente: heraldo.es

Si la filosofía tiene un lugar difícil o restringido en los actuales medios de comunicación no es por mor de su supuesto carácter especializado ni por su interna dificultad. Lo filosófico, y aquí está el problema, tiene poco que ver con esa práctica tan querida del periodista que consiste en hablar sin pensar. Ni siquiera lo sería el hablar sin parar, que (de forma caricaturesca) parecía proponer Deleuze. Si uno habla y habla sin parar, corre el riesgo de tomarse la pregunta con poca seriedad. Y claro, si la pregunta es, para colmo, de filosofía, que básicamente consiste en rumiar y tomarse las cosas “en serio”, los ingredientes para la explosión están ya todos sobre la mesa e incluso empiezan a ponerse incandescentes.

Si hay algo propiamente “filosófico” en la comunicación, solo puede ser justamente lo contrario. Lo que no permiten los medios es callar. De otro modo: no hay sitio como tal para la filosofía porque no hay sitio para la reflexión.

Por ello, en cierto modo, disculpo tanto a Pablo como a Albert, que no tuvieron tiempo para responder a una pregunta que exigía ser pensada. Aunque, por otra parte, flaco favor le estaría haciendo al pensador de Königsberg si me limitara a exponer lo primero que se me ha pasado por la cabeza y además lo utilizara a modo de excusas. Favor flaco, como digo, a él, pero también, ahora me doy cuenta de ello, a mí mismo.

 

2. Kant y los títulos kantianos

Casualidades de la vida, esta polémica me ha pillado leyendo a Kant. O más bien sobre Kant, ya que, como Pablo Iglesias nos advierte, a Kant, Kant, solo se atreven a leerlo sus cuatro amiguetes. Gracias a ellos, supongo, resulta que la inmensa mayoría de la bibliografía filosófica versa, directa o indirectamente, sobre problemas considerados como típicamente kantianos.

Pero no, entonces estaría mintiendo y mis esfuerzos por hacer una presentación somera de Kant perderían todo posible merecimiento. Voy a empezar de nuevo: “Casualidades de la vida, esta polémica me ha pillado, digo, leyendo a Kant”, que debe de ser una mala costumbre que, por suerte, solo compartimos esos pocos bichos raros que sabemos mucho sobre cosas que no importan a nadie más que para preparar o para estudiar los apuntes de la Uni o el insti. Todo lo demás, postureo.

Kant

Immanuel Kant nació en Königsberg en el año 1724. Hoy en día se le considera alemán, más por su influencia que por la geografía, ya que la ciudad de la que nunca se alejó más que unos pocos kilómetros era entonces la capital oriental del Imperio Prusiano y a día de hoy se halla integrada en las fronteras de Rusia con el nombre de Kaliningrado.

A Kant se lo tiene por un hombre serio, pero al mismo tiempo vivaracho y feliz, que organizaba comidas diarias en las que no consentía que se hablara de filosofía. Como muchos otros, no quería mezclar su cotidianidad con los asuntos del “trabajo”. No sabría decir si, a día de hoy, es esta “pereza” la que nos estamos viendo obligados a pagar, con nuestra marginalidad, los filósofos.

Su carácter desdice, en cualquier caso, la impresión osca que nos transmiten sus escritos. Tal vez sea porque estos, como es sabido, fueron “escritos de viejo”, ya que no publicó nada, se entiende que con valor “kantiano, con anterioridad a cumplir los 56 años: 11 años después de que su lectura del filósofo escocés David Hume le despertara, como él mismo gustó de expresarlo, del “sueño dogmático”. A este respecto, no se puede decir que siguiera la recomendación de Nietzsche con que iniciábamos este post, ya que la cronología y otras razones nos exigen a aceptar que en cambio es a este al que debemos considerar como seguidor de aquel. Nietzsche puso en palabras lo que Kant había echo en la práctica con la publicación de su texto más resonado, quizás no el mejor conocido, como parece sostener Pablo, que fue la Crítica de la razón pura. A los alumnos de filosofía se nos suele enseñar que esta obra, pese a su densidad y considerable extensión, había sido escrita prácticamente del tirón.

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En su línea de escéptico y naturalista, Hume sostenía que el concepto de causa no estaba en las cosas, sino que era una proyección de nuestra imaginación, un “hábito”

Pero lo que sobre todo sabemos de él es que fue un hombre metódico y riguroso, comprometido con una integridad del ser humano que creo que lo debieran hacer de lectura imprescindible, más que a nadie, a los representantes de ese partido que se arroga la estela del 15 M llamado Podemos. Pues en efecto, fue él quien utilizó por vez primera el término “dignidad” en la acepción ética y política que reivindicaron los “indignados”. Por ello, si Podemos quiere hablar con palabra propia, si quiere ser algo más que un mero “representante”, de esos que fueron, y con razón, reprobados en las plazas unos años atrás, tiene que ser más consciente de que esa palabra, la que supone propia, se la debemos a Kant.

Y dado que estamos en elecciones y todos pretenden representar a todo el mundo, habría que decir que lo mismo vale para todos los representantes mediáticos de los partidos políticos. Los que hemos estudiado filosofía lo sabemos, que a veces cuesta mucho y que da incluso miedo, pero precisamente superar ese miedo a la propia ignorancia será la recompensa. La filosofía no es un compendio de saberes, sino una actitud, la misma que Kant resumió en su famosa fórmula “atrévete a saber”.

A Kant se le atribuye este precioso epitafio, que todos, no solo los filósofos, deberían saberse de memoria: “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Está claro que leer los textos redactados por un hombre de semejante envergadura (se entiende que moral, ya que su estatura no superaba a penas el metro y medio), produce un respeto que puede tornarse fácilmente en falta de motivación, y al final son los cuatro sabios los que se “aventuran” a tamaña empresa. Sin embargo, la ridícula escena protagonizada recientemente por los dos presidenciables me obliga a hacerles algunas recomendaciones de textos kantianos que sí podrían atreverse a leer sin riesgo a quedar demasiado enfangados. Serán solo un par de ellos, que al fin y al cabo Kant no escribió tanto. Si alguno quiere añadir alguno más a la lista, le animo desde ya a que no se contenga en el uso de los comentarios.

pazperpetua

Pablo Iglesias menciona, con acierto, La paz perpetua. ¡Qué bien habría quedado si se hubiera limitado a recomendarle este libro a Albert Rivera! Allí habría encontrado los verdaderos fundamentos de una Europa propiamente “europea”, es decir, fundada sobre los principios de la solidaridad mutua y el impulso conjunto para la liberación de los individuos de la sociedad y de las propias naciones. Porque Kant era cristiano (más en concreto pietista), pero anhelaba una Europa de naciones sin nacionalismos, y por ello la imaginaba como un Estado Federal, libre de las coacciones que suponen todo ejercicio arbitrario del poder, y, sobre todo, libre del miedo que se usa como causa de esta coacción, cuando es más bien su consecuencia.

razonpractica Si, por el contrario, hubiese leído la Crítica de la razón práctica, Pablo sabría que lo que quiere la ética, para Kant, es encontrar un fundamento, algo equiparable al científico. En este sentido, toda crítica es práctica, motivo por el que justifica que a su título de “Crítica de la razón práctica” no le siguiera el adjetivo de “y pura”. Esto al menos le habría servido para no mezclar conceptos y entender que no solo no existe, sino que nunca habría tenido sentido formular una Ética de la razón pura. La ética se funda en la crítica y, aunque pudiera parecerlo, nunca al revés.

fundamentacionkantVamos a hacerle ahora una recomendación a Albert. Si este hubiera leído la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, que además es muy cortita y muy amena, habría comprendido que la vinculación que se da entre un hombre y la moral se encuentra en la palabra: no habría intentado mentir, pues la palabra mentirosa se desdice a sí misma, como se demostró en seguida, en la “repregunta”. Seguro que en este caso no habría tenido la ocurrencia de recomendar algo que no había leído, o mejor, habría podido recomendar el propio texto de Kant.

mentirfilantropiakantAunque, seguramente, la formulación kantiana más severa, a este respecto, es la siguiente: “Quien miente, por bondadosa que pueda ser su intención en ello, ha de responder y pagar incluso ante un tribunal civil por las consecuencias de tal mentira, por imprevisibles que puedan ser estas”, dice en el elocuente Sobre un presunto derecho a mentir por filantropía.

ilustraciónkantPor último, si cualquiera de ellos hubiera leído su opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, habrían aprendido que el esfuerzo es un acicate imprescindible para la ciudadanía. Que el ciudadano no se puede atener a referentes, y mucho menos a conocer por lo que alguien (por muy sabio que sea) le haya dicho en sus “apuntes”: “Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo”. Lo que nos lleva al tercer y último punto de nuestra reflexión.

 

3. La actualidad de Kant en la polémica televisiva

Algunos me habéis criticado, y me seguiréis criticando, por criticar a Pablo Iglesias en campaña electoral. No hay que criticar al político, especialmente “en estos tiempos”, en favor de lo que otros filósofos llamaron el bien general.

Me sorprende mucho la gente que, a día de hoy, todavía considera que el voto se decide en una “campaña”: término militar o de la huerta, solo importa cómo lo consideremos.

La “campaña” metáfora agrícola supondría que el político ha sembrado, hace ya tiempo, sus frutos. Ahora solo llega el momento de recogerlos. “Campaña” es lo que se hace, en todo caso, el día de las elecciones, o el previo, la jornada “de reflexión”, en el que justamente se prohíben las nuevas declaraciones “de campaña”. Hasta entonces, todo lo relativo a la campaña electoral tiene que tener otro cariz: metáfora castrense sin duda, que nos muestra a los políticos a la caza del voto, o mejor: a la conquista. Pablo Iglesias ha comprendido muy bien estos conceptos e insiste por ello a menudo en la importancia de la seducción.

Llegamos así a una tercera metáfora, según la cual los votantes nos convertimos en sujetos pasivos susceptibles de ser cortejados. El círculo lo cierra la imagen de que el político nos quiere “llevar al huerto” para recoger, esta vez sí, lo sembrado.

Esta semilla es la que se ensalza en el orden de los debates y los argumentos, que suma a toda la maquinaria mediática que permite que un personaje anodino acapare para sí los espacios que se supone deberían servir para informar.

Ante esta perspectiva, a mí me causa especial estupefacción la figura del “indeciso”. Siempre he pensado que aquel que se deja convencer por un argumento, o bien tiene en muy alta estima este argumento, o valora como muy deficiente la propia capacidad de contra argumentar.

Y además, porque estamos en campaña electoral, no hay que criticar, hay que agachar la cabeza, someterse y adular. Yo no recomiendo ver Juego de tronos, fue Foucault quien dijo que “la política es la extensión de la guerra por otros medios”. Siempre se podrá alegar que la importancia de la política gira justamente en torno a la cuestión de los medios, pero lo cierto es que, así concebida, se seguirá tratando de la habitual empresa frentista que ya lleva (cuanto menos) en torno a un siglo privándonos de nuestra libertad; es decir, que nos lleva a someter nuestra condición de ciudadanos por mor de una causa que nos supera y que, al fin y al cabo, no es otra que el afianzamiento de nuestras posiciones y la eliminación del rival.

Me piden, por tanto, que sea un mal ciudadano pero un buen estratega, que entregue la cabeza a mi señor y, en el mejor de los casos, contenga mi voz con alguna justificación o “mentira piadosa”, que es al fin y al cabo de lo que tratan todo este tipo de justificaciones: de presentar una interpretación del hecho que se sabe una versión de la mentira pero que puede parecer verdad, como un juego de malabares o como cualquier representación escénica, que es única e imposible de que se la reproduzca con exactitud en dos ocasiones distintas.

La verdad es que ello habría sido posible, y habría tenido sentido, si a alguno de ellos se les hubiera ocurrido recomendar algún texto de Nietzsche, o quizá incluso de Rousseau (entre otros, que la historia de la filosofía no se reduce a los temarios de instituto). Pero héte aquí que salió a la palestra el nombre de Kant. O mejor: que lo pronunciaron ellos.

La respuesta no fue directa. No fue sincera. Tomaron al público por “masa”, o sea por tontos. Las masas que les tienen que votar. El problema es que la filosofía es un juego fino, y no permite los habituales enredos del lenguaje, al contrario de lo que mucha gente, por su apariencia barroca en la expresión, puede creer. La filosofía es, ante todo, rigor. Rigor en todos los sentidos. Rigor inquebrantable porque el preguntado, desde Sócrates, solo tiene una función: acabar por descubrir la ignorancia. Inteligente pregunta, pues, ahora lo podemos comprender: importaba más la actitud que el contenido. El más kantiano de los dos habría sido el que se hubiese atrevido a confesar que sabía muy poco sobre el asunto, en lugar de limitarse a perorar una plegaria de “argumentos” sin contenido, que decía mucho de por sí sobre la relación de ambos, y del moderador, y de todo el formato televisivo hacia la filosofía.

Por ello voy a pasar por alto la contradicción interna que supone que un tío que se permite repartir a su gusto los carnés de intelectual se dedique a recomendar series americanas y a justificar a todo aquel que todavía no haya leído a Kant. Pero si es tan importante, como nos lo repite hasta la saciedad la industria periodística, que escuchemos la palabra del político (que escuchemos “lo que me tienen que decir”), entiendo que, ya que solo tenemos valor como “ciudadanos” en este breve período que se repite cada cuatro años, no nos deberían a pedir que encima debamos hacer abstracción de nuestro, ya de por sí, limitado y sobrestimado pensamiento crítico.

Por el contrario, creo que, ahora más que nunca, se precisa la desconfianza en una palabra que no vale nada. Promesas, como dice la canción. Yo no recomiendo escuchar las promesas de campaña electoral, ni siquiera las palabras. No lo recomiendo e incluso lo considero pernicioso. Pues ello supone que nos exponemos como lelos pasivos, como señoritas o niños pre-ilustrados, jugando a los juegos que nos imponen los mayores, para que nos seduzcan y nos lleven “al huerto” -vamos, la imagen no podría ser más acertada y más explícita: que elijamos al que nos haya de follar.

El único aprendizaje que nos brinda la filosofía es la actitud. Por cierto que el más importante para la formación, no solo, de un político, sino en general de un ciudadano, considero yo. Por ello considero que, más bien, ha llegado el momento de que seamos nosotros los que busquemos la información que queremos, sin preguntar ni repreguntar. Acabaríamos antes, invertiríamos menos dinero y elegiríamos mejor.

Y la información más importante no está en los medios de comunicación; de hecho es justamente la contraria, la información que se sustrae de ellos. La información fundamental tiene que ver con quién financia a los partidos políticos. No me interesa en absoluto lo que dice un político en campaña electoral, me interesa saber quién ha pagado para que tenga lugar esa guerra, esa “campaña”. Cualquier otra consideración me parece ingenua. Seguiremos en la minoría de edad pasiva en la que jamás consentiríamos en caer si todos nosotros hubiéramos leído a Kant.

Por último, soy un firme defensor de que la filosofía debe salir a las calles y hacerse dueña de su propio destino. Espero que algunos no hayan entendido mis manifestaciones en este sentido como una renuncia o un desprecio de la Academia. Porque reivindicar la filosofía significa también recordar que el principio de la misma es filosófico: la misma institución que ahora no nos deja sitio, no habría existido si no la hubiera fundado un filósofo. De modo que volver al fundamento de la Academia es ir a la filosofía, no cabe otra manera de verlo con sentido. Pero se trata de la filosofía como fundamento, la que se encuentra en los libros, sí, pero también en las conversaciones, en los apuntes; la que se encuentra, ante todo, en cada intento de ejercer de forma autónoma nuestro pensamiento crítico y utilizar con seriedad la palabra que circula sin vanidades y sin miedo, sin pretensiones de convencer ni de seducir. La única mujer a la que aspira a seducir la filosofía es la Verdad; pero ese es otro tema: en este caso ya se trataría de recomendar a Nietzsche…

 

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