Platón y los (pos-) modernos: Introducción

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Hoy inicio una nueva serie de textos, que quién sabe si algún día podrá aspirar a libro. La idea es retomar las ideas de Platón tal y como se expresan en pensadores recientes y contemporáneos, alejándonos para ello del cliché al que muchas veces nos conduce la exposición didáctica de la filosofía. Espero que disfrutéis de este primer capítulo.


-Platón, no platonismo. No se trata de lo mismo exactamente.

La aseveración rotunda del profesor Koch dejó en suspenso mis palabras (torpes, como de costumbre, pero más si cabe por el hecho de haber sido pronunciadas -o más bien debería decir “balbuceadas”- en mi macarrónico alemán). Me informaba de algo sabido de todos, tanto que no habría esperado que nadie pudiera interrumpir mi argumento para hacer una aclaración que yo mismo, tácitamente, había considerado innecesaria.

En esas circunstancias, no podía hacer como si nada hubiera pasado y seguir hablando sin más. Me sentí de repente abrumado, como al borde de una revelación fundamental y misteriosa, como de que hubiera llegado por fin “el momento” que llevaba tanto tiempo esperando. Me pareció que había en juego cosas más importantes que lo que estaba tratando en mi intervención.

-Disculpe, ¿podría ahondar en la diferencia? Estaría realmente interesado.

Supongo que en ese momento fui víctima de esa fugaz confusión que el propio Platón describe con ocasión de su famosa alegoría de la caverna. Hace tiempo que considero que la verdadera pasión filosófica solo se articula en torno a este sentimiento. “Hablaremos después de clase”, fue su lacónica invitación a que continuara con mis tesis. Evidentemente, Heidegger no estaba en lo cierto: cuando acontece el Ereignis, ese “evento” que da sentido a nuestro morar vagabundo, da igual lo atento que uno haya estado para su aprovechamiento. Sugerente y esquivo, como la verdad femenina, permite solamente que se lo vislumbre; pero pareciera que no se deja apresar.

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Martin Heidegger (1889-1976) definió la historia de la “metafísica” como un prolongado “olvido del ser”, que se consumaba en torno a la idea del sujeto. Heidegger no dejó por ello de firmar sus libros.    Fuente: newphilosopher.com

Observé a mis compañeros, que tampoco habían dado la importancia que a mí me había obligado a detenerme ante la revelación del profesor, y sentí algo de vergüenza porque mi pregunta había debido de parecerles algo trivial, como de clases preparatorias. Tan básico y tan profundo a la vez, que corre continuamente el riesgo de caer en el olvido si no se pronuncia bajo la palabra adecuada: este es justamente el riesgo de la verdad filosófica, que siempre ha hablado -no solo ahora- como respuesta a la amenaza de su desaparición.

Retomé como pude mis argumentos: solo por darles un final, ya con la mente puesta en lo que podría esperarme al término de la sesión. Acudí, entonces, presto, aunque confieso que ya un poco desalentado, al encuentro con el profesor Koch. ¿Qué clase de secretos estaba a punto de revelarme? Sin duda, tendría poco que ver con esa suerte de misterio de Eleusis que se había prefigurado en mi imaginación. ¿Qué podría decirme, al término de una sesión prolongada y fatigosa, sobre un tema que él consideraba crucial, sí, pero a la vez dado por supuesto? A ver: yo ya “sabía” que Platón no era lo mismo que platonismo, pero tenía un motivo para querer que profundizara en la distinción.

Yo había hablado con poca propiedad, de esa manera que se permiten los filósofos o, en general, los oradores, cuando les pesa demasiado la importancia de perorar con buen estilo. Ya ni recuerdo qué argumentos esgrimía, pero lo más seguro es que, con mi confusión terminológica, no pretendiera otra cosa que evitar una redundancia.

Sin embargo, por aquel entonces llevaba suficiente tiempo en Alemania como para darme cuenta de que los alemanes no son amigos de este filigranas retóricas, en las que la verdad escapa al concepto y, en la mayoría de los casos, valdría más decir que “miente”, se deforma hasta volverse irreconocible en la propia palabra que la pronuncia. Lacan, que afirmó que “la palabra es la muerte de la cosa”, no podría haber nacido en Alemania. Quizás por esta razón haya sido Freud tan poco querido de sus propios vecinos. La lengua, como el cariño, hace extraños compañeros.

– Vuelva usted mañana.

Literal: esa fue la respuesta del profesor. Al día siguiente tenía horario de atención y podría hacerme algunas recomendaciones, con más calma. La demanda de espera volvió a sorprenderme. Quizás, después de todo, no anduviera tan descaminado Heidegger…

Desde un enfoque meramente semántico, es obvio que “Platón” y “platonismo” no son la misma cosa: en tanto que palabras distintas, aluden a la necesidad de no tomar lo uno por lo otro, por más que una aluda a la otra. De esto saben mucho los estudiosos de Marx, que soportan cómo sus ideas son desvirtuadas en ese fango metonímico en el que se pringan todas la autoproclamadas “repúblicas populares” habidas y por haber en este mundo tenazmente capitalista.

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Marx y su imagen icónica o ‘pop’. No comments.

Pues el marxismo tuvo mucho más éxito que Marx, y exactamente lo mismo ocurrió con Platón. De ello solo cabe concluir con necesidad la existencia de un interés filosófico inherente a Platón y que no debemos confundir con los límites impuestos con el, mucho mejor divulgado, platonismo.

Eso significa que todo “-ismo”, toda mención a la condición filial, es ya de por sí una etiqueta mendaz: habla de alguien que sigue a otro. Lacan pronunció: “Yo soy freudiano, a ustedes les toca, si lo creen a bien, ser lacanianos”. Hablaba con propiedad: él mismo no podía ser lacaniano, o para nuestro ejemplo, tanto nos valdría decir “lacanista”. La coletilla habla de la misma cosa: de que uno “se carga” (se hace cargo de) la palabra de quien no es: en este sentido, el platónico toma a Platón como su “Otro” inaugural: aquel que le da su palabra.

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Jacques Lacan: “A ustedes les toca, si quieren, ser lacanianos. Yo, por mi parte, soy freudiano”.     Fuente: psicoanalisisinedito.com

Con tal objeto, este otro se convierte en referencia, causa del deseo y, especialmente, del deseo de hablar. Se trata de la lógica del megalómano, auténtico redactor de la filosofía.

Si Platón habla, pues, como “Otro”, como un supuesto, entonces se le niega aquello que justamente funda la condición moderna de la filosofía: su condición de yo. Es justo que, en estas condiciones, Platón suene religioso, místico, como regido por una lógica infantil, la que tachamos de “antigua” o que, con más justicia deberíamos llamar “premoderna”.

Por lo tanto, si seguimos la indicación nietzscheana e “invertimos“, le damos la vuelta a esta tendencia exegética de los textos de Platón que tenemos por “platonismo”, ¿qué habremos de encontrar? ¿No será, justamente, la necesidad de afrontar los textos de Platón de un modo nuevo; a saber: en la conciencia de que han sido redactados por un “yo” que aspira a ser leído como tal, y no en base a los prejuicios de sus supuestos “discípulos”?

“Psicologismo”, “historicismo”, “conciencialismo”. Los teóricos más representativos de la hermenéutica se retuercen y frotan sus cuerpos con las páginas brutalmente desgajadas de Verdad y método: desde Heidegger la cuestión del sujeto responde a una ingenuidad, en este caso, además, incorporada a la tradición romántica y su lógica de la creación poética por y desde el Erlebnis: el experimentar, la vivencia: lo que uno siente y, por lo tanto, puede expresar. La palabra como expresión de uno mismo; la palabra como medio autopoiético del yo: por eso la decimos “reflexiva”; es una palabra que no funciona sino como un espejo.

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El profesor Hans Georg Gadamer defendió en Verdad y método (1960) la necesidad de formular una hermenéutica "filosófica" que se desvinculara de la tendencia romántica de concebir el lenguaje como expresión de un "yo".

 

Poco de filosófico le queda a una hermenéutica que ha renunciado a su condición de ars hermeneutica. Por ello seguiremos la propia indicación de Gadamer y aceptaremos, en este punto, el “prejuicio”: prejuicio quizás ingenuo, pero prejuicio, sobre todo, “moderno”. No tenemos reparos en acarrear con cualquiera de estos otros “-ismos”, con tal de que consigamos eludir el siguiente :”platonismo”.

Se ve ahora en qué sentido la distinción era evidente y, al mismo tiempo, novedosa. Al día siguiente acudí de nuevo al antiguo edificio de la Facultad de Filosofía, que en otro tiempo, quizás más moderno que el actual, todavía servía de sanatorio.

Quizá no fue sino la propia espera la que alimentó nuevamente mis expectativas difusas del principio. Parecía que Dietmar Koch consideraba que el asunto, si quería ser abordado, debía esperar. Y esperé. Cuando llegué ante la puerta de su despacho, me senté nuevamente a esperar.

Yo llevaba tiempo dándole vueltas a esta idea que, por alguna razón, ahora sentía como “novedosa”. La fórmula nietzscheana del “platonismo invertido” había guiado en gran medida los pasos de mi investigación; ni siquiera se podía entender mi presencia en el seminario de Koch sin hacer caso a este punto. Para entonces, yo no me consideraba un simple estudiante: había tenido ocasión de enfrentarme a los más grandes representantes de la bibliografía “nietzscheana” y los había valorado sin escrúpulos ni complejos, en condición de igualdad. Por alguna razón, la interpretación típica me parecía simplista y poco plausible, inútil y traidora a la verdad.

¿Por qué lo sentí así? Pues efectivamente se trataba más de un sentimiento que de una razón. Es cierto que había encontrado algunos indicios: en el plano negativo, la interpretación que Deleuze hace sobre Nietzsche, con sus fuerzas activas y reactivas y su atemperada voluntad de poder…  Un Nietzsche débil, infantil y femenino, con un mensaje demasiado poco profundo, demasiado “superficial”; un mensaje que él mismo no habría sido capaz de expresar. No me cabía duda de que Deleuze se había convertido en su traductor-traidor, como dicen los italianos, y no en su intérprete. Todo eso me parecía “metafísica” en el más puro sentido de Heidegger (o de Kant, o incluso de Descartes). En sus textos, ni siquiera se dejaban ver las propias palabras del autor: de repente, él mismo se había vuelto “nietzscheano”. Me convencí de que la misma intención de convertir a Nietzsche en un autor “barroco”, en el sentido de un Leibniz o un Spinoza, podía resultar sugerente y encantadora pero mentía demasiado; llámame psicologista: pero para mi gusto, Nietzsche debía ser, porque así lo había querido él, un filólogo y un poeta, un amante de la palabra, del logos que trae razón, de la verdad, femenina verdad que se escapaba, como el agua que da vida, de entre los dedos de quien la aspira a poseer.

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Gilles Deleuze, uno de los seguidores de Nietzsche que más ha incidido en el ataque a los valores platónicos.      Fuente: estherdiaz.com.ar

Por lo tanto, estaba cargado de razón para emocionarme ante la expectativa difusa de algo que llevaba tanto tiempo barruntando. Y sin embargo, me seguía pareciendo que todo aquello no tenía a la base más que un sentimiento caprichoso y no una poderosa razón: quizá porque lo que me faltaban eran justamente “razones”, en el sentido catalán, “argumentos” o simplemente “palabras”: palabras fundamentadoras, palabras, por decirlo de algún modo, autorizadas. Supongo que esto era lo que pensaba que por fin obtendría, de un momento a otro, de la mano de mi profesor: amada y amable imagen del pedagogo…

-Venía por lo que comentamos ayer: la diferencia entre Platón y platonismo.

Porque había esperado, me había hecho expectativas. Venía a que me descubrieran un profundo secreto, de modo que esperaba algún ademán cómplice y quizás un chascarrillo del tipo “supongo que habrá tenido tiempo de pensar por usted mismo el asunto que le causaba congoja”. Nadie puede negar que mi idea de la filosofía sigue siendo ilustrada, aunque solo sea porque la imagen que tengo de ella tiene más que ver con una logia masónica.

En lugar de ello, me miró con ojos atónitos y sonrisa expectante: ahora era él el que esperaba. Ninguna palabra suya me ahorraría el esfuerzo de iniciar la conversación.

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La etimología de “u-topía” la define como un “no-lugar”. En la imagen, Tomás Moro (1478-1535).    Fuente: sarasuati.com

Yo ya había pensado y escrito alguna cosa sobre el carácter filosófico de estas “expectativas”, que me habían servido para ilustrar la diferencia entre teoría y praxis y para ahondar, una vez más, en un rasgo eminentemente moderno, como es el que subyace a toda correcta utopía; ya se sabe: textos que describen la “ciudad ideal”, a la que, justamente por ideal, se le niega la posibilidad de su “lugar” (vale decir, espacio-temporal).

 

Sin embargo, nuevamente, la teoría volvió a mostrar su inutilidad y sirvió de poco precaverme  y, con ello, de evitarme la decepción consecuente al anunciado encuentro con mi profesor que por fin se consumaba. Pues “para comprender la diferencia entre platonismo y Platón, lo único que había que hacer era leer a Platón”.

Me lo quedé mirando, absorto. No sabía si me estaba tomando el pelo. ¿Platón? ¿Qué Platón? ¡Dígame al menos qué texto!

Me dijo “sí” y, tras breve cavilación, mencionó por fin un par de palabras griegas. Yo estaba tan descolocado que me dejé distraer por su acento alemán y ni siquiera fui capaz de reconocer en ellas los nombres de diálogos platónicos a que estas hacían alusión. Extraño. Llegué a pensar que se estaba refiriendo a alguna suerte de texto misterioso y perdido, como ocurría con la famosa Poética de Aristóteles en la novela de Umberto Eco.

Por suerte, mi profesor parecía más consciente que yo mismo del aturdimiento en que me encontraba. ¿Cómo no los iba a conocer? Se levantó y abrió la puerta de su despacho, le seguí. Me condujo hasta una de las estanterías que ornamentaban y siguen ornamentando los pasillos de la facultad y extrajo de ella un ejemplar diminuto y amarillo, edición de barato, del texto que acababa de recomendarme. Me lo dio y se despidió. Hasta ahí llegaba su condición de “docente”, o sea de “guía”. Por fin, con ese Phaedo en mi manos, pude reconocer la razón de su descrédito: me estaba recomendando, simplemente, que leyera el Fedón, el diálogo sobre la inmortalidad del alma. Sin duda un texto muy representativo de la mentalidad “platónica”…

La palabra “platonismo” nombra a una concepción filosófica varios siglos posterior al propio Platón, sobre la que por cierto algunos (Nietzsche) aseguran que se funda el sistema ideológico que configura nuestra sociedad. La diferencia es tan evidente, que ni siquiera Wikipedia comete el error de confundir ambos términos, y sin embargo somos los propios filósofos los que nos hemos acostumbrado, con total alegría, a explicar a uno remitiéndonos a los esquemas que nos impone la visión del otro.

Y, con ello, a reducirlo. Por desgracia, no son pocos los autores que tienden a recaer en este engaño de tomar el nombre por la cosa, lo que muy a menudo les hace incurrir en errores conceptuales imperdonables. El caso de Platón me parece el más grave de todos porque creo firmemente que la filosofía no consigue definirse en su integridad más que como ese “acto”, confuso y reincidente como una compulsión, en el que se manifiesta una suerte de “retorno” a su momento inaugural, vale decir fundacional: ese es el significado del fundamento, y el que le da a la filosofía la credencial plurívoca, lo mismo ontológica que ética, que epistemológica, que política, que por inherentemente difusa o poliédrica (es decir, por mor de su condición abstracta) se suele confundir con su “inutilidad”.

Pero, ¡oh, maravilla! Fue Platón el primero que definió la filosofía por su supuesta inutilidad, conocida de todos aunque no por ello, precisamente, evidente. Pero, para comprenderlo, quizás deberíamos, mejor, volver a leer su Phaedo.

 

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