Allons enfants de la Patrie…

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Mi idea para esta semana era continuar con la serie de reflexiones sobre el universo filosófico de Platón y la comparativa con nuestros actuales modelos educativos, supuestamente democráticos. Pero, lamentablemente, tras los desastrosos acontecimientos del pasado viernes, que todavía tienen a la sociedad en vilo, me parecía poco respetuoso e indigno de un blog de filosofía el no dedicar al menos unas pocas líneas a analizar siquiera el significado profundo o filosófico de algunos de los fenómenos relacionados con el reciente atentado de París y algunas de las reacciones que en torno a él se han suscitado.

Desde el mismo momento del atentado las redes sociales se llenaron de mensajes de apoyo. De entre los varios gestos, dos se erigieron como los recursos más significativos para expresar el dolor que nos embarga estos días: el símbolo de la paz convertido en la Torre Eiffel y la tricolor francesa sobreimpresa en la propia imagen de perfil. Por supuesto, no había mucho que juzgar: solo se trataba de una primera acción totalmente irreflexiva, en la que cada uno se dejaba llevar por la emoción de la tragedia y animaba a los demás a que se solidarizasen con las víctimas mediante un gesto tan sencillo como (aparentemente) inocuo.

Pero, como no podía ser de otro modo, a esta primera serie de acciones le siguió, casi al mismo tiempo, la correspondiente serie de reacciones: voces indignadas por un “exceso de solidaridad” manifiesto, en comparación con el casi nulo efecto mediático que han tenido otros atentados semejantes, acaecidos fuera del imaginario telón de acero que parece debiera proteger nuestras democracias occidentales. Véase el Líbano.

Vivimos donde vivimos: parece una tautología pero a veces hay que haber estudiado filosofía durante algunos años para no ruborizarse al decirlo. Vivimos en la era de la información y eso nos hace súbditos de la “repercusión mediática”, que mide nuestras posibilidades de contacto con una realidad reinventada, desfigurada y en muchos casos hasta tergiversada por los medios de comunicación; sin embargo, no voy a analizar este punto. Yo fui de los que decidieron no cambiar mi imagen de perfil en las redes ni hacer ningún tipo de declaraciones, de estas que a todos nos resultan tan evidentes: para eso ya están lo toreros y los furgolistas. Ello no significa que todas estas muestras de afecto me parezcan, como defienden algunos, injustas o incomprensibles. Por el contrario, creo muy relevante y significativo todo lo que ha ocurrido en las redes estos últimos días; entiendo que es preciso analizarlo para sacar a la luz un aspecto aún no pensado en toda esta ominosa tragedia.

Pues merece la pena que hagamos un aparte para recordar que la filosofía, al menos desde Heidegger, habla o “piensa” siempre lo no pensado, y que además, como exponía Hegel, solo se presenta a condición de llegar “demasiado tarde”, cuando parece que ya no hay nada que hacer. En este sentido, quizás ha llegado el momento de que pronunciemos nuestras primeras palabras sobre los atentados, especialmente sobre su repercusión en las redes sociales, que es a lo que vamos a referirnos aquí.

Lo que ha ocurrido es algo nuevo, y lo nuevo da qué pensar. París no es la primera capital occidental golpeada por el terrorismo islamista, pero hay algo nuevo en estos atentados, algo que sin embargo suena al mismo tiempo a repetido.

Este hecho tiene que ver con que el, durante algunos días, único terrorista dado a conocer, al menos a la luz pública, fuese de nacionalidad francesa. Debido a ello, en un cierto sentido, el atentado terrorista del otro día responde a algo viejo y conocido: no hace falta la hipótesis de un Estado Islámico para explicar los atentados de París.

Aquí es donde me rechinaba un poco el mensaje de la bandera: ¿por qué la bandera francesa? ¿Por qué no la europea? Quizás resuenan los ecos de aquel “no son vascos, son terroristas” referido a la añeja ETA… Por otra parte, tampoco es necesario identificar el atentado con Francia, ya que su impacto inmediato se limitó a una sola ciudad, ni siquiera un barrio. Y de hecho no ocurre así.

Sin embargo, todo el imaginario, todo lo que “la gente” piensa o siente al saber que ha habido cerca de, aunque solo se trate de la proximidad que nos da Schengen (cierto: anulado durante estos días), un atentado; todo ello, decimos, confluyó de manera inmediata en una oleada de banderas francesas.

Hay una explicación: la tricolor francesa es el modelo de todas las banderas republicanas, y por ello representa los ideales de la democracia y la lucha contra la tiranía. De este modo, “el enemigo” nos ha golpeado a nosotros porque golpea nuestros ideales. Esta es la explicación idealista; de hecho, la más idealista posible, y la que se han encargado de que parezca realista desde los medios de comunicación.

Porque la bandera francesa, en su uso, en realidad ha sido tomada como bandera nacional, y no como el símbolo metacrítico que algunos pretenden. Es decir, habríamos reaccionado de forma equiparable si el atentado hubiese acaecido en Lisboa. Es un simple engaño insistir en lo contrario.

Y mejor así: porque sería peligroso identificar el acto violento con la lucha contra un sistema de ideas (estrictamente: una ideología); lo que de inmediato le da la coartada que le permite justificar todos sus lastres y generar ese tipo de identificación imaginaria que Freud analizaba en su Psicología de las masas y análisis del yo; es decir: en la que se exige la adhesión sin fisuras a este sistema, cerrado sobre sí mismo, al que todos los ejemplos de totalitarismo han dado el nombre, idealizado y quizá por ello tanto menos mendaz, de “democracia”.

Así, nos ha costado poco hacernos cargo del vocabulario oficialista y usamos irreflexivamente términos como paz, libertad, seguridad, enemigos (de la democracia) y un etcétera no lo suficientemente largo como para que pudiera llegarse a confundir con riqueza léxica.

Pero esa bandera no era nuestra bandera. Pienso que no la hemos tomado como símbolo de lo que nos une, pues, sino más bien de lo que nos diferencia. Por eso preguntaba la razón de que a nadie, o a pocos, se les haya ocurrido presumir de bandera europea en este doloroso trance. El atentado fue terrible, cruel e innecesario, pero no puede dejar de parecerme que esta supuesta condolencia en realidad  nos ha servido de alivio, pues en gran medida nos recuerda que se trata de algo que no hemos sufrido nosotros.

Por supuesto, hablo del fenómeno social. Prescindo de las particularidades personales. Soy consciente de que esa bandera no significará lo mismo para el francés que hace su vida en el extranjero. Pero no es eso lo que quiero analizar. Me interesa comprender por qué atronó en Wenbley al son de la marcha nacional francesa, entonada por miles de gargantas emocionadas.

No recuerdo en qué texto hablaba Freud del “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Sloterdijk, autor famoso del momento (junto a Žižek), lo utilizaba para explicar la extraña artimaña psicológica que los diversos componentes de la antigua Yugoslavia utilizaban para diferenciarse del rival: daba la impresión de que los rivales se hacían más enconados a medida que el supuesto abismo que los diferenciaba se volvía menos creíble; es decir, que la diferencia era tan pequeña que la única manera de darle sentido consistía en reforzar el “narcisismo”: en este caso, dar un valor simbólico a lo propio tal que ningún argumento racional lo pudiera “compensar” (que es término psicoanalítico). En nuestro territorio tenemos algún buen ejemplo de algo similar: todo el mundo sabe con qué empeño argumentan algunos valencianos que su lengua es algo totalmente distinto al catalán; la idea es que cuanto más insostenible es la tesis, más violento se vuelve el argumentario y más intolerante su defensor. Esta es la idea que Sloterdijk extrae del concepto psicoanalítico. En general, todo nacionalismo lo suficientemente fanatizado participaría, en mayor o menor medida, de la misma estructura.

Sin embargo, el fenómeno actual es más curioso que esto, porque pareciera darle la vuelta al patrón, de modo que demarca como “extranjeros” a aquellos con los que expresamente nos identificamos, incluso a despecho del propio idioma, porque “nous sommes Paris“. Ciertamente, los ciudadanos franceses se habrán sentido agradecidos, esa no es la cuestión: las muestras de solidaridad son incuestionables. La cuestión es ¿por qué hacía falta una muestra de solidaridad hacia los franceses que los identificara como franceses? Si lo pensamos, aquí radica precisamente el elemento que ha desatado todas las polémicas: la que permite preguntarnos si para nosotros, al menos en Facebook, hay víctimas de primera y víctimas de segunda categoría.

La cuestión de fondo es, pues, que no hemos sentido como propio el golpe actual; la lógica nacionalista nos ha mantenido resguardados. Se trata de la misma dudosa lógica expuesta por una muchacha a la que hace unos días entrevistaba una cadena de televisión en el aeropuerto Adolfo Suárez: con tal ocasión explicaba que dejaba su trabajo en Francia y volvía a Madrid porque, literalmente, no quería vivir en una ciudad amenazada por el terrorismo. Olvidaba de este modo que la amenaza terrorista que soporta una capital europea como es Madrid resulta, por desgracia, muy similar a la parisina. Hacer que el enemigo sea metafóricamente común nos ha permitido sentir que ese peligro compartido no era, sin embargo, real. El ejemplo de esta chica nos muestra justamente a alguien que ha preferido refugiarse en la seguridad falsa que nos brinda este mecanismo psicológico, el de las banderas, que ha contribuido a reforzar las diferencias entre “nosotros” (los españoles) y “ellos” (los parisinos). Otra cosa serán las políticas europeas, que por supuesto apuntan a que se aniquilarán las libertades en torno a las que todos presumíamos estar unidos, especialmente cuando hacíamos gala de ese “estandarte global” en que ha llegado a convertirse la enseña tricolor. Entonces sí que oiremos hablar, insistentemente, de “nosotros” (los europeos) y “ellos” (los terroristas), generando una dicotomía peligrosa por cuanto tiende a meter en un mismo saco a todos los “enemigos” de una libertad que, ya, ni siquiera necesita ser “libre” para que se justifique a sí misma (así vemos el gran escándalo que supone y ha de seguir suponiendo que haya partidos que no firmen el llamado Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo: ese contrato de baratija totalmente inútil e inespecífico, como todo el mundo sabe; una mera expresión del típico y lamentable postureo en el que se desenvuelven cotidianamente el político y el periodista).

Pero decíamos que había algo nuevo en estos atentados, algo nuevo y repetido: la nacionalidad de sus autores. Esta guerra o es una guerra de religiones o es una guerra nacional, no puede haber término medio.

Yo no sé si hay que combatir al ISIS en Siria. Sí sé que para que una persona quiera entregar su cuerpo a una causa fanática como la del supuesto Estado Islámico tiene que sentir un profundo odio contra su sociedad. Y no creo que ese sea un dato a ignorar.

Porque individuos pobres y desarraigados captados por cafres los ha habido siempre y los hay, de hecho, en todas partes. Es verdad que estos de ahora se antojan especialmente crueles, y que su bandera, quizás por oponerse a nuestro laicismo, ha elegido la enseña del Islam (no así en los países donde actualmente guerrea: allí solo puede esgrimir el estandarte de la “autenticidad” -imagen narcisista, como decíamos, de todo fanático sin argumentos). Pero también es cierto que se engaña todo aquel que no quiera ver que las condiciones en que se ha producido este último “golpe a la democracia” no puede explicarse sin mencionar el enorme fracaso que supone por parte de la sociedad: parisina, francesa, europea y, para más inri, liberal. Hay un frente abierto, el único que nos atañe como ciudadanos, que no es de orden militar ni policial, ni siquiera jurídico, sino fundamentalmente económico, social y político.

Uno tiende a pensar que una sociedad con un estado del bienestar mejor repartido (a riesgo de parecer fanáticos: un “auténtico” estado del bienestar) tendría menos ocasiones de defenderse, al menos de los ataques perpetrados por aquellos mismos que “disfrutan” del mismo estado del bienestar.

Todo ello dicho, por supuesto, con todo el respeto a las víctimas, familiares y amigos; a los de París, a los de Líbano y a los de tantos otros atentados de los que a penas tenemos noticia. Por si alguno de ellos me lee, aprovecho para presentarles a todos ellos mis condolencias.

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