La actualidad de ‘La República’ de Platón 2 (Filosofía y política)

(Continúa de la semana anterior)

Y si, para Platón, la enseñanza que distingue a los futuros gobernantes es la filosofía, debemos entender que este hecho no solo nos habla de sus preferencias personales respecto al modelo de ciudad. No hay ninguna “república de los filósofos”, como algunos han gustado en llamar, en este juego. Lo que se extrae de esta fórmula es más bien una definición de la propia filosofía que una propuesta pedagógica. Para advertirlo, no debemos sino volver nuestros pasos sobre la ya aludida ironía socrática.

Sigamos la indicación de Nietzsche y démosle la vuelta a ese sistema que tanto se repite en nuestras escuelas, a fin de poder leer y escuchar debidamente al autor, y no dejarnos atrapar por las redes de eso que comúnmente se ha dado en llamar “platonismo”. Platón nos dice entonces que la filosofía es la materia que distingue al gobernante, o por lo menos al buen gobernante que debe regir la ciudad. La filosofía tiene, pues, ante todo un sentido político, y con ello una “utilidad”: la filosofía debe enseñar a gobernar. “Filosofía” es la “ciencia” que enseña “aquello” que hace falta para gobernar.

Esta no es, sin duda, la definición de filosofía más “representativa” de lo que tenemos por “pensamiento platónico”. Ciertamente, podemos aceptar que la mera referencia al gobierno se nos queda corta, o incluso insuficiente.

Entonces, ¿qué es eso que aprende el que únicamente estudia filosofía? En el Fedón, Sócrates se explica como sigue:

Visitándome muchas veces el mismo sueño en mi vida pasada, que se mostraba, unas veces, en una apariencia y, otras, en otras, decía el mismo consejo, con estas palabras: “¡Sócrates, haz música y aplícate a ello!” Y yo, en mi vida pasada, creía que el sueño me exhortaba y animaba a lo que precisamente yo hacía, como los que animan a los corredores, y a mí también el sueño me animaba a eso que yo practicabe, hacer música, en la convicción de que la filosofía era la más alta música, y que yo la practicaba.

(Fedón, 60 e – 61 a)

Sócrates compara así la filosofía con unos versos que ha compuesto con ocasión de las celebraciones locales. Habla de “mi vida pasada” porque, como sabemos, el filósofo habla ya como muerto, su palabra es una suerte de retorno desde la muerte misma. Y en este punto, lo que formulamos cuando decimos “filosofía” es la disciplina más distinguida, más digna del Dios. Es en sí misma una práctica (“aplícate a ello”) que se equipara con los rituales religiosos y mistéricos que guardan a la ciudad (por cierto, generalmente, repitiendo de modo simbólico el acto fundador).

Fuente: preparatoriaabierta.com.mx
Fuente: preparatoriaabierta.com.mx

Vaya, ¿ahora la filosofía va a ser una cuestión religiosa? Fíjese que hablamos de una filosofía concebida como dialéctica en dirección hacia las ideas o formas puras; por eso entiende en este diálogo que distingue al filósofo como aquel que busca la muerte y hasta se la procura durante toda su vida.

Pero es que el morir, lo sabemos desde la Revolución francesa, es una condición inherente del sujeto político que se ha dado permiso para una gran blasfemia; véase si no el lacaniano Kant con Sade (Escritos 1). Más recientemente, Slavoj Žižek ha explicado con claridad que Sade es la verdad de la ética kantiana en la que se conforma el sujeto de la Ilustración; es decir: aquel que presuntamente se obedece a sí mismo.

Es en este sentido que ya no se nos puede escapar que tanto el Fedón, con la cuestión de la inmortalidad del alma, como La República, con su cuestionamiento por la justicia en la ciudad, no dejan de dialogar en realidad en torno a esa pregunta única fundamental; a saber: qué es la filosofía, qué tiene esta por objeto. Platón se parece a Lacan, entiende como él su disciplina como cosa hecha, supuesta. Por eso es práctica incluso y más allá de su condición de teoría. No debemos dejarnos engañar por la apariencia de sistema: por algo la palabra de Platón es dialogada.

El filósofo rey Fuente: alteregumancia.blogia.com
El filósofo rey
Fuente: alteregumancia.blogia.com

El filósofo es pues aquel que, en justicia, “gobierna” la ciudad. El problema es que desde la Ilustración gobernar quiere decir gobernarse a sí mismo. La revolución así lo exigió (aun a costa de que se volviera insoportable la verdad de Sade); gobernar es someterse al propio gobierno, las barreras se deben difuminar. Solo entonces podemos hablar con propiedad de “sujetos”, ilustrados, modernos; algo que, en su acepción política, se nombra una y otra vez como “ciudadanos”.

En este sentido, y no en otro, la educación siempre se guió por una ordenación platónica: por eso la filosofía no era materia de estudio sino hasta los niveles superiores; aunque no tan “superiores” como le habría gustado al ateniense, que propuso que no se estudiase hasta pasados los treinta años. Esta exigencia platónica lleva a Nietzsche a burlarse de la imberbez de Jesucristo, que justamente murió cuando debía comenzar a “aprender”. En este sentido, no puede parecernos más que platónica la inclinación pedagógica en la que hemos vivido en España, que retrasa la filosofía tanto como sea posible. Incluso la lamentada desaparición de la filosofía en los institutos, consecuencia de la revisión neoliberal del sistema educativo español, no hace sino acentuar y corregir esta tendencia: la filosofía no es cosa de niños. Lo que ha certificado la reforma de los conservadores tiene, pues, algo que ver con la naturaleza de la filosofía, pero lo que se revisa sobre todo es la naturaleza de la Universidad: a partir de ahora, no es preciso entrar en ella sabiendo filosofía, porque la entrada en esta institución, a diferencia de lo que ocurría antes, ya no decide nada.

Pero aún en nuestras aulas, en el fondo era ella, siquiera simbólicamente, la que distinguía entre los aptos y no aptos para proseguir su andadura en la Universidad. Solo aquellos que habían llegado a conocer y comprender mínimamente la filosofía tendrían ese privilegio.

El tipo de filosofía que nosotros conocemos probablemente se inicia en la Edad Media: es decir, la filosofía es entonces un tipo de materia específico de la Universidad, y cabe entender que de esa herencia medieval se han nutrido en su ordenación nuestros planes de estudio.

Fuente: mcarmenfer.wordpress.com
Fuente: mcarmenfer.wordpress.com

Por fin, hoy en día, parece que el “privilegio” se retrasa sine die, se retrasa tanto que directamente, más cercanos que nunca a la palabra de Platón, se saca a la filosofía de las aulas. Y el profesor, lógicamente, se revuelve. Sin embargo, ¿encontraremos una razón política de peso, una razón “filosófica” en el sentido de Platón, para erradicar la filosofía en las aulas de los institutos, tal y como prevén las actuales reformas educativas?

¿Es menos filósofo, entonces, aquel que protesta por la desaparición de la filosofía en los planes de estudio? ¿No se está reconociendo en su exclusión, con “justicia”, la naturaleza de su verdad?

Pero la cosa se agrava por el hecho de que la filosofía no ha sido sustituida, ni lo va a ser, por otras carreras para formar “gobernantes”, en el ilustrado sentido que nos apunta Platón. Se la sustituye por la economía, que describe con más adecuación las leyes que rigen el mundo actual. Pero lo que ocurre entonces no es solo que el gobernante carecerá de formación filosófica; es que debido a ello deja de ser “gobernado” de acuerdo a los parámetros de la ciudad ideal de Platón y, en justicia, deja de ser “gobernante”, ni a partir de los 30 ni más adelante.

Sin embargo, cuando leemos en Platón la voz “filosofía”, debemos tener en cuenta además que habla de una “disciplina” sin historia: una disciplina que es mera praxis, casi en total puridad. En este sentido, vuelve a recordarnos a la historia reciente del psicoanálisis, que va perdiendo cabida en el mundo a medida que, con el ineluctable transcurrir de las décadas, se ha ido haciendo menos dependiente de la praxis y más de la teoría, donde se puede ser “psicoanalista” en un sentido “práctico” sin que resuenen en la consulta las palabras de Freud; donde hasta el misterio del “inconsciente ha sido sustituido por el fenómeno, mucho más controlable, del “dinamismo psíquico”.

Que nuestra defensa de la filosofía sea algo más que puro corporativismo: vamos a hablar por una vez del filósofo y no del profesor. El filósofo protesta porque la disciplina que ahora conoce y quiere transmitir tiene historia, que es algo que no se puede decir que tuviera en el tiempo de Platón. Y es más; aquí tiene derecho a reivindicarse también el profesor: esta historia es capital para el desarrollo del individuo en la sociedad. Desde el punto de vista del ateniense ocurre que, o bien nuestra filosofía no es ya propiamente “filosofía”, o bien nuestras sociedades no son del mismo tipo que la descrita por él; sobre todo porque estas no se sustentan ya en el mismo tipo de individuos.

De este modo tenemos la verdad trivial de que el planteamiento platónico es incompatible con una sociedad democrátiva. O de otro modo: la “democratización” de la filosofía es una condición para su democratización. Volvamos a Kant con Sade: la tarea ilustrada de la filosofía se sitúa en la “apropiación del amo”.

Antes el amo está en la mano del clérigo. Este, poniéndose en manos de su amo respectivo, oculta, niega y reproduce su responsabilidad: crea al amo como tal. La desaparición de la filosofía en los institutos, y su pérdida de importancia en la universidad, solo puede leerse como la entrada en un nuevo oscurantismo de orden mistérico: nuestros gobernantes serán los representantes de una nueva clase sacerdotal. La propuesta de Platón era aristocrática. La sociedad a la que nos encaminamos le ha quitado el cratos al pueblo y se lo ha dado a un agente difuso formado por la propia clase sacerdotal. En este sentido, es oligárquica (oligarquía, en contra de lo que muchos se precipitan en creer, no significa “gobierno de los que tienen dinero”, sino “gobierno de unos pocos”; la confusión es significativa, aunque sigue siendo una confusión).

La cuestión es si esta democratización de la filosofía no exige que nos preocupemos menos por su posición en las aulas e investiguemos, por el contrario, la manera de sacar la filosofía a la ciudad. De momento nuestra “disciplina” sigue existiendo como tal, bajo el manto adormecedor de la academia, reducida a los confortables espacios de la Universidad. Pareciera que ha recuperado así su verdad premoderna, la aristotélica, que hoy en día le augura convertirse en un posgrado, situado “más allá” de los verdaderos saberes, únicamente orientado para la satisfacción de curiosos y diletantes.

Revisión de la alegoría platónica de la caverna. Fuente: elplatondepalomitas.blogspot.com
Revisión de la alegoría platónica de la caverna.
Fuente: elplatondepalomitas.blogspot.com

Antaño de la religión, ahora de eso otro que, quizá por el gusto de sonar aristotélicos, nos hemos acostumbrado a llamar “economía”, la filosofía habrá culminado entonces su metamorfosis en esclava, que es lo que parece que fue desde su buen principio: saber de esclavos y para esclavos; saber de una ciudad que no le reconoce su posición de saber; saber de una ciudad que no quiere tener ciudadanos.


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