La actualidad de ‘La República’ 1 (Apuntes sobre educación y política)

Fuente: clarin.com
La Academia de Platón según Rafael           Fuente: clarin.com

Cada poco tiempo, un periódico anuncia en portada el más reciente informe que vuelve a denunciar la lamentable realidad española: vivimos en un país en el que la mayoría de los individuos no pueden subir ni bajar de clase o estatus social, con independencia de los esfuerzos que ellos mismos, las familias y hasta el Estado hayan invertido en su proceso de educación. Visto con perspectiva hay que admitir que es este,  y no el abandono escolar, el auténtico fracaso al que están condenadas nuestras actuales instituciones educativas; pues lo anterior no es más que el reflejo de un fenómeno común, mucho más amplio, y que ya tiene, o debiera tener, su propio nombre: que las clases sociales de este país siguen siendo hereditarias.

Y donde hay un fracaso, “eso” que fracasa solo puede ser entendido como un proyecto; por ello el político pregunta a su par el pedagogo (el constructor de proyectos educativos) y este, a su vez, propone sus soluciones: planes de estudios nuevos, contenidos nuevos, objetivos nuevos, métodos nuevos… burocracia infinita, mucha palabrería y poca confianza en el alumno y el profesor, señalados como responsables del supuesto fracaso de aquello que, de repente, no se entiende que no funcione.

Fracaso supuesto, porque nadie ha discutido todavía la legitimidad de la palabra del pedagogo, que por haber asumido como propia, nos ha subido al carro de las víctimas de su vanidad, en algunos momentos, insidiosa. Sin embargo, la creencia en que la Educación tiene poco que ver con la pedagogía no solo rompe con la ingenuidad manifiesta de este. Por el contrario, de poco valdrá que nos lamentemos si, de hecho, seguimos entendiendo la educación como el páramo de un reino recóndito gobernado por sus ocurrencias. El pedagogo como auténtico Leviatán.

La cuestión es, pues, radical: si sostenemos que el pedagogo no puede ser este rey “arcaico”, principio ordenador, entonces hay que poder ofrecer un nuevo “Amo” que responda ante la responsabilidad de la Ley. Resulta, así, que hemos hecho mal en preguntarle a él, y debemos buscar en otra parte las causas de ese fracaso que sigue siendo, no lo olvidemos, supuesto.

Pero, ¿y si hemos llamado “fracaso” a un fenómeno que, en realidad, responde a un resultado deseado? En otras palabras: si la educación no deja de ser una institución -en sentido amplio- social: ¿no parece lo más lógico que la sociedad, a través de ella, no ponga sino los medios para perpetuarse? Lo que llamamos “fracaso” en educación no tiene que ver ya en absoluto con la pedagogía, sino con el rumbo que una sociedad se quiera dar a sí misma. Atisbamos, cuando menos, la voz de ese “amo” que acabamos de invocar.

Esta revelación no es neutra, pues lo que se pone en manos de la política se apresta de inmediato a someterse a esa exigencia revolucionaria que atraviesa la médula del sujeto moderno. En este sentido, la nueva creencia se traduce en una “medida” fundamental, o la dirección para todas las medidas que debamos tomar en materia educativa: si la educación es una cuestión más propiamente política que “pedagógica”, su abordaje no debe ser pedagógico sino “político”.

De lo contrario, tiene demasiado sentido considerar que el pedagogo no habla sino al servicio de una determinada confluencia de intereses, toda vez que no se haya hecho cargo, él mismo, de la necesidad de revolucionar su propio objeto en este sentido “político”. De otro modo la pedagogía no hace sino establecer las diferencias que consagran esas distancias, ya heredadas, que separan entre sí a las distintas clases sociales. Podremos hacer tantos proyectos educativos como colegios tengamos, pero el problema tiene que ver más con el factum inevitable de que nuestros niños no van a poderse educar en el mismo sitio.

Y aquí descansa la gran problemática: el papel de la educación es la uniformidad; la misma que hace de cada ciudadano un sujeto idéntico a cualquier otro ante la ley; es la uniformidad de la bandera, que cubre a todos por igual, y no la del uniforme, que distingue a los ciudadanos entre sí. El mensaje es, en este sentido, clarividente: hay que preocuparse menos por la naturaleza de la Ley y asegurarse, en cambio, de que todos los individuos sean iguales ante ella. No otro que este es el papel que le corresponde a la educación: que todos crezcan como ciudadanos libres sin cargar con las rémoras ni los privilegios de su clase social. Mientras eso no ocurra, la educación, o su concepto, seguirán respondiendo a una “relación imposible”.

Nos hemos desprendido así de una ingenuidad que nos retenía como esclavos de ese amo al que responde el pedagogo. La pregunta acerca de quién sea tal amo, de momento, vamos a dejarla en el aire. Contentémonos con revolucionar, si es que podemos, ese sistema legal configurado, a través de sus diversas instituciones, como “realidad” social. Será en esta pretensión, posible o imposible, que fundaremos esa condición que, hasta hoy, se había atribuido en exclusividad la pedagogía: el deseo de llegar a ser “ciudadano”; o en otras palabras: herederos legítimos del sujeto moderno.

Permítasenos añadir que no hablamos, ni mucho menos, contra el pedagogo, sin que esta aclaración pueda ser tachada de cobardía. Más bien se trata de reivindicar el alcance fundante de su objeto y verdad, de ensalzarlos; estos, como tales, se materializan en la exigencia de un acto (un factum) fundador, ontológico precisamente porque funda, que exige la emergencia de un sujeto que solo se constituye en ese “paso atrás” que puede poner en solfa al mundo y, de este modo, situar las condiciones necesarias para responder a la proclama marxiana de transformarlo.

Cuando “un” filósofo como Platón plantea la necesidad de separar ya en la tierna infancia a los niños de sus padres, demuestra la comprensión profunda del sentido ilustrado de toda propuesta pedagógica: ciertamente, sin luchar contra el “prejuicio” de pertenencia a una clase, sin poner a todos los niños en una posición de “punto cero”, no tiene sentido hablar de “igualdad” en la educación.

Su modelo es, en consecuencia, tan puntilloso, que en él incluso se deciden en falsa suerte los esposos, extremo que no podemos dejar de leer con todo el rigor que solo corresponde a la ironía. Pues no puede sino parecernos que la minuciosidad platónica redunda en su propia parodia: “Si nosotros decidimos la ordenación, la decidiremos hasta sus últimas consecuencias”, viene a decir. Habla aquí, directamente, con la voz del Amo: “Yo, Platón, soy la Verdad”.

El extremo al que lleva Platón estas ideas lo ha hecho candidato a las comparaciones habituales con el fascismo, espejo en el que las democracias liberales justifican el propio concepto (o mejor haríamos en decir “la propia imagen”). Así, en el siguiente fragmento:

«Queda así dibujado el Estado ideal. Una comunidad con tres clases rígidamente separadas, en la que no hay lugar para la riqueza (no hay que superar lo estrictamente necesario), donde el poder censura aquellos contenidos considerados inapropiados, donde la unión entre hombres y mujeres está sujeta a los designios del Estado, en la que los hijos separan de los padres y se cancela toda dimensión humana en la procreación, donde se censuran la risa y los placeres por ser poco edificantes, en la que a la inmensa mayoría de la población no le está reservada otra misión que la de obedecer y producir, donde los enfermos o los «mal constituidos físicamente» son dejados morir para no convertirse en una carga… Aunque al lector incauto pueda parecerle una pesadilla digna de Orwell, no debe dejarse engañar, pues «en la general prosperidad y buena administración del Estado, cada una de las clases podrá participar de la felicidad en la medida en que la naturaleza se lo concede». Lástima que nos se nos aclare si, en una comunidad así, esa felicidad que se nos ha concedido es mucha, poca, o más bien ninguna.

(Dal Maschio, E. A.: Platón. La verdad está en otra parte. Batiscafo-El País, Barcelona 2015, pp. 78–96)

Para un ciudadano actual, postilustrado y posmoderno, es obvio que una situación semejante responde a la perpetuación de una injusticia. Forma parte del ser de la Modernidad la convicción de la plena libertad del individuo, y para ello es preciso que pueda acceder en igualdad de condiciones al desarrollo de sus facultades. Aquí es justamente donde se borra la barrera conspicua que separa a la política de la educación; que no parezca que ello proviene de nuestro capricho: la una y la otra se funden en el cuerpo de una única legalidad que, herencia de la cristiana, hace de todos sus hijos iguales ante la ley. El Estado como padre único: tal es la fuerza simbólica que subyace a la legitimidad de la Ley misma.

Pese a lo que pudiera parecer, los términos en que se maneja el debate sobre la justicia en La República demuestran que Platón no es ingenuo y que comprende la enjundia de eso que recientemente se ha dado en llamar “microfísica del poder”. No en vano en ella Sócrates elige como interlocutor y rival a Glaucón, que justamente ha defendido que la justicia no es un bien en sí mismo y que la naturaleza de la sociedad no depende de la naturaleza de sus individuos. Pero entonces, ¿qué es el Estado, y por qué el Estado se tiene que hacer cargo de algo tan privativo de las familias como la educación? Glaucón no comprende que el núcleo de la pregunta por el Estado estriba justamente en este “misterio” de la relación entre el individuo y la sociedad por mor del común “interés”; esta es la tríada moderna, tanto o más “misteriosa” que la antigua Trinidad, pues en ella se articula la auténtica “religión”.

En este orden de cosas, resulta cuando menos curioso que el ético haya entendido como cosa propia todo lo relativo a cuestiones jurídicas como el aborto, el matrimonio o la eutanasia, mientras deja de lado un aspecto tan relevante como todo lo que tiene que ver con los fundamentos que subyacen a una ley de educación. ¿No tendría que estar lo relativo a la formación del individuo en la sociedad, como agente responsable de sí mismo, a la base del debate ético?

Definamos, pues, los conceptos de nuestra “ética”. Grosso modo, el individuo moderno es burgués, o mejor: el hijo del burgués. Esta condición es la que le permite encontrar sus raíces profundas en el cristianismo, que no deja de ser la religión del hijo. Y la religión del Hijo crece sobre el mandato del Padre, que no puede dejar de sonar señorial: “Heredarás mi Reino en la Tierra”. El sujeto moderno encuentra su condición divina en su cualidad de heredero: donde la cosa está ya dispuesta para mi goce o disfrute. Heidegger lo llama a esto “estado de yecto”, y podemos encontrar ecos remotos de lo mismo la protesta de Segismundo en La vida es sueño:

Pues si nací ya comprendo

qué delito he cometido

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido

El hombre paga en su cárcel por el “privilegio” de nacer; privilegio de orden muy moderno, pues solo se reconoce tras la prohibición del privilegio, que se señala como cosa del Ancient Régime, del pasado. El que ha cometido este “delito” no merece la libertad.

Y sin embargo:

¿No nacieron los demás?

La igualdad cuasi cósmica que funda el presupuesto ilustrado suele preferir el símbolo de la muerte: la muerte como principio de igualdad. El fondo moderno de toda buena propuesta barroca invierte los términos: es el nacimiento el que iguala, o el que al menos debe igualar. Para que la igualdad en la muerte sea algo más que un consuelo ilusorio, del orden de la religión, es necesario que se cierre en el círculo del nacimiento.

Escena de 'La vida es sueño', obra en la que un individuo desconoce su nobleza por haber crecido en prisión Fuente: www.fotolog.com
Escena de ‘La vida es sueño’, obra en la que un individuo desconoce su nobleza por haber crecido en prisión
Fuente: http://www.fotolog.com

Para notar lo específico de este modelo, podemos remitir a la comparación con un sistema de creencias distinto al nuestro, pero no por completo ajeno. Notemos la gran diferencia que hay con el marco cósmico griego, donde el hijo era no solo “heredero”, era el representante como tal del linaje, de una estirpe. El “pecado” cometido por un griego debía ser, en consecuencia, pagado por las generaciones venideras, razón por la que Aristóteles extiende la pregunta por la felicidad (Ética a Nicómaco, Libro VII) más allá de las fronteras de la muerte.

Pero Platón, que era mucho más “moderno” que Aristóteles, rompe radicalmente con la creencia en la “fortuna” heredada. Bastante “carga” tiene el hijo que ha nacido de “hombre”, que no podrá superar las limitaciones que le ha impuesto una ley superior a él.

Con Platón, el hijo se debe al Estado: nace el concepto de ciudadano como tal, y con ello podemos empezar a hablar del sentido de libertad que tendrá que desarrollar Kant: aquel donde se difuminen las diferencias entre mandar y obedecer, donde la ilusión del escalafón responda a un mandato de orden superior. En pocas palabras: donde se pongan las condiciones para que el poder se convierta finalmente en una microfísica. El hombre se hace “libre” (se hace “hombre”, como tal -“liber”: nombre romano del sujeto político) como consecuencia de una promesa unánime, que nos retrotrae a las teorías del pacto: “todos vamos a obedecer al mismo amo”.

Es por ello que Platón no concede a los padres ni el derecho a unirse, más que en una libertad fingida y manipulada a través de una lotería adulterada, decidida de antemano, para que los iguales queden emparejados entre sí. Para él es el Estado, y no el padre, el que debe decidir incluso sobre la “naturaleza” del futuro heredero. Valiente ironía: falsa “suerte” la que une a los amantes y los condena a perpetuar su “especie”, vale decir su “clase”, su “casta”, dentro de la sociedad.

Por el contrario, los padres hoy reivindican el derecho a darles a sus hijos la educación que les plazca a ellos y rechazan expresamente esa imposición que proviene del Estado. Pero ¿quién puede negar hoy en día que la debacle moral de la política española no es expresión refleja de su modelo educativo?

Hemos oído hablar de la ironía socrática. Si Platón hubiera visto el reciente programa de Salvados, sus propuestas en materia pedagógica habrían sido, ciertamente, aún más radicales: no solo de sus padres, los niños deberían haber sido separados de sus propios compañeros, para evitar semejantes camaraderías que solo pueden conducir a la ruina de una sociedad.

Jordi Évole entrevista a Juan Luis Cebrián, que fue alumno del Colegio del Pilar. Fuente: www.formulatv.com
Jordi Évole entrevista a Juan Luis Cebrián, que fue alumno del Colegio del Pilar.
Fuente: http://www.formulatv.com

Como colofón de todo este sistema, que todavía está por ser revolucionado, la depauperación del sistema de becas y la conversión de las universidades en una maquinaria empresarial, para la que el alumno deviene cliente. De nada sirve poner en marcha los más refinadísimos proyectos pedagógicos, si el acceso a la institución que condiciona el ordenamiento social de los individuos en sus respectivos saberes viene determinado por la capacidad adquisitiva de la familia del interesado.

En este sentido, los proyecto educativos tienden a reproducir de manera conservadora esta base: promoviendo especificidades, igualando a la baja, convirtiendo el contenido de la educación en algo residual; lo importante de la educación deviene la fraternidad, la pertenencia, la ideología.

Sabemos que Sócrates era un tío irónico. No sabemos si Platón se esforzó en mostrarlo, lo que sí sabemos es que los lectores de Platón no se han esforzado nunca mucho por distinguir la ironía que, se supone, debían traslucir sus palabras. La ironía no viene a uno, sobre todo cuando la encontramos por escrito. La ironía es tan enemiga de la escritura como la memoria.

Ciertamente también, Platón no tenía que adivinar nada: su propuesta estaba destinada para una ciudad en la que todos los ciudadanos iban a una única escuela. La realidad socio-política española es mucho más compleja, pero en el marco quasi-cuántico, donde el poder parece desdibujarse en “microfísicas”, aparece el sistema educativo como espacio “religioso” donde se recupera la simplicidad clásica del modelo griego.

No se trata -no solo- de defender la escuela pública; es que, como se deja ver en documentos como el mencionado, solo la educación pública es “educación” en este sentido fuerte. Para entender la ironía socrática hay que revolucionar su verdad. En este sentido, no basta con admitir que el concepto platónico de educación responde a los intereses de una sociedad aristocrática. “Cratos” posiciona al poder en el espacio de “lo mejor” en un sentido metafísico. Lo que debemos hacer prolonga así con coherencia aquello que, de hecho, es. Guiño al eterno retorno nietzscheano: queremos lo que “es” porque nosotros lo hemos fundado, elegido y justificado: “lo que es” será para volver una y otra vez.

En este sentido, una voz como “aristocracia” no puede sino sonar redundante: “el gobierno de los mejores”, donde “los mejores” son definidos en función de su servicio a la sociedad; valdría decir: “el gobierno de los mejores para gobernar”, aunque solo sea porque la sociedad se ha fundado en la necesidad de que sean estos, y no otros, los que gobiernan. El resultado: vivimos de hecho en la sociedad descrita por Platón en el famoso Libro VII de su República.

Por cierto que para Platón la materia que distingue a aquellos que llegarán a ser los más aptos para gobernar es justamente la filosofía…


Suscríbete, comparte, comenta… Y si no, nos vemos en mi próxima entrada!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s