España, sociedad gentrificada 2 (la Ley y el Amo)

Pero también es preciso que aceptemos la “biblia”: moneda que atestigua que “aquí” ya no se es el que se era; “aquí” ya no se decide lo que se hace. El residente “nativo” de una sociedad gentrificada pasa a ser definitivamente “colonizado”. Y en este sentido, hay que reconocer que los españoles hemos dejado de ser, si es que alguna vez lo fuimos, sujeto político.

“The First Thanksgiving Day” – Fuente: agrociencias1.blogspot.com

La sociedad, escindida en esa nueva polaridad: colonizador – colonizado. El lado del que se sitúe el individuo no es por ello baladí, ya que condiciona las posibilidades de éxito para este individuo en la sociedad.

Tal “éxito” no se opone (no meramente) a fracaso: el éxito es el reconocimiento de permanencia en la sociedad; el éxito es la renuncia misma en la que se constata su condición de sujeto. En este sentido, a lo que se opone el éxito es a “marginalidad”.

Para ser, o más bien llegar a ser, sujeto, el residente “nativo” ha aceptado, primero, la alternativa: colonizador-colonizado. La configuración hegeliana de lo político en el yo-nosotros revela un correlato aún más profundo: la que se anuncia en la brecha del ellos-yo.

Hablamos de “ellos” y con ello queda descartada de antemano la subjetividad del yo, al menos en tanto que ese agente de lo político que suma su participación al “nosotros” desaparecido de la cuestión.

Pero, en este sentido, debemos reconocer la verdad de la propuesta hegeliana: si hay sujeto, redundantemente político, solo puede ser a condición de que se yerga como ese nosotros ilusorio, que se desvanece, en el que se fundan las voluntades.

No hay, pues sujeto político, toda vez que hemos reconocido la escisión colonizador-colonizado que, paradójicamente, funda la posibilidad misma de nuestra subjetividad.

Queda por decidirse entonces qué tipo de sujetos “somos” (se entiende que los del lado pasivo de la colonización). Y aunque no es difícil responder a esta pregunta, al arbitrio del diagnóstico y la queja generalizada, todavía es preciso que se la explique: somos sujetos económicos; es decir, “sujetados” por la ley de ese Amo inescrutable (como todos los amos), respecto a cuyo nombre la prensa y el gobierno ni siquiera han acertado a ponerse de acuerdo. De entre las diversas variantes que nos presenta la nomenclatura, vamos a quedarnos con la más general, y asimismo menos corpórea de todas ellas: no hablaremos de la Troika ni de ninguna agencia de rating internacional; hablaremos de la ley de los Mercados.

www.attacmadrid.org
Fuente: http://www.attacmadrid.org

Los Mercados, así en plural, como el anuncio de una nueva cosmología de orden pagano; una cosmología en la que desaparece la que quizás había sido la aportación más “moderna” del cristianismo al desarrollo europeo de la política; a saber: una personología de la voluntad.

Señalamos su origen cristiano porque una política sin voluntad, sin la voluntad general que teorizó Rousseau, es una política reubicada en el núcleo de las prácticas mítico-religiosas previas a la constitución moderna de lo político, es decir, de la idea de la política como lugar en el que se produce el encuentro de esa subjetividad configurada como “un yo que es un nosotros”, y “un nosotros que es un yo”.

Fuerzas ignotas nos gobiernan ahora, que parecía que habíamos aprendido a dominarlas: por eso son las fuerzas del conquistador, que, recordémoslo, trae su propia biblia.

La constitución de un “yo que es un nosotros” solo puede ser entendida, pues, en el contexto, quizás no ilustrado, de un auténtico politeísmo de la verdad; ahora, el “yo que es un nosotros” se yergue como una de las dos posturas en conflicto: el dios de los colonizados. La Política contra los Mercados; donde este último juega con la no desdeñable baza de su decirse en plural, pues en su politeímo se pierde, se extravía la verdad de la política, como a otros les ocurriera en el laberinto del Minotauro.

Fuente: lecachasespe.blogspot.com

La Política se descubre “todavía viva” en esta lucha contra el colonizador, o mejor, en la lucha entre estas dos “leyes”: un enfrentamiento de orden cósmico, o quizá habría que decir cosmogónico: pues del resultado de la batalla dependerá el ordenamiento que, en lo sucesivo, adopte la realidad; y en concreto la realidad social. La Política, la que se escribe con mayúscula, es y ha sido siempre resistencia.

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