Showroom (2004). El sujeto eternamente insatisfecho

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Tiene tiempo ya esta película argentina, de trama tan sencilla que resulta difícil de catalogar: a medio camino de un drama que no acaba de dar pena, y de una comedia que a penas hace reír, se esconde en realidad el trasfondo predilecto de todo buen tema trágico: el del hombre que lucha con su destino y contra la adversidad, que persigue su propio deseo, y que justo por ello está abocado a finalmente fracasar.

Ello ocurre aun (y especialmente) cuando el resultado no es otro que la efectiva realización; se muere entonces de éxito, que se dice en lengua coloquial. Y en la inminencia de esta “muerte”, que es sinónima del propio “exitus” que la causó, se descubre por cierto la verdad más íntima de este individuo, verdad causante de su fracaso inevitable y monumental: que el deseo, que persiguió porque creyó suyo, en realidad siempre había sido deseo de otro: deseo de que el otro comprara; o mejor: deseo de que el otro, por lo menos, desease comprar.

No estará de más que, en este punto, recordemos la identidad de nuestro protagonista: la de un organizador de fiestas que es, primero, despedido, y luego se convierte en vendedor de hogares. En la planta baja de un edificio en construcción, enseña, explica y seduce a posibles compradores sobre la base de la habitación-modelo que imita a la construcción real. Su nuevo entorno laboral es el que acaba por dar nombre a la película.

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Y claro, ¿qué ocurre cuando el otro no “compra”; o mejor: cuando el cliente más importante (porque descubriremos que hay un cliente que es, en verdad, más importante) renuncie a su “derecho” a comprar? No creo que cometa espóiler si avanzo que lo que sucede a este encuentro con la negación no es ni más ni menos que la emergencia de la risa.

¿Qué es la risa? Podemos mirar la película y sugerir una respuesta: la ruptura misma de sentido, aquella que Nietzsche situó en el umbral del atravesamiento de la subjetividad. Allí debe encontrarse el sujeto que sabe que se traiciona a sí mismo, y, lo más importante, que de pronto comprende la causa de semejante traición: justamente por mor de su propia (bien que ilusoria) fidelidad. Desde Schopenhauer se ha atribuido la imposibilidad de la felicidad justamente a esta contradicción interna que se deja ver en los términos “ser fiel a uno mismo”. En la risa, pues, la x parece despejada y el hombre se da de bruces con su destino, que se ve forzado a reconocer de una sola vez.

Pero no es posible que nos hayamos expresado bien: la risa no es una ruptura; en todo caso será el significante, el sonido que no llega a palabra, con que se pronuncia esa ruptura. Como sea: el sujeto que la produce cae rendido bajo el sinsentido que consume a su propio decir. Ahora no puede hablar, precisamente porque no puede parar de reír. Esta contradicción del sujeto le guarda de pronunciar esa palabra que quiere ser dicha sin su consentimiento.

Porque el sujeto quiere seguir sosteniéndose en su verdad, se esfuerza con todo su ser por el sostenimiento de una realidad que no es ya más suya, sino la realidad en la que se sostiene su carencia… de ser. El sujeto sigue “siendo” así solo a condición de que siga sin ser: es decir, de que no responda a la satisfacción del deseo que la llamada de su subjetividad le exige.

Nos puede parecer que en esta película el papel de la mujer, y en menor medida el de la hija, no son más que meros clichés. “Demasiado simples para ser verdaderos”, he oído decir. Como si la verdad exigiese ser compleja. La verdad, lo sabemos ya, solo exige, para ser verdad, ser “femenina”; lo que no quiere decir, precisamente, que deba maquillarse. Porque la verdad que rescatemos en ella debe ser igualmente válida para todos aquellos personajes que “gozan” del deseo de nuestro protagonista.

Compleja es, en este sentido, la verdad que, como la misma mujer, consiente y no consiente en ser “conquistada”, porque pone los términos y cláusulas que garantizarán, llegado el caso, su derrota, como si la batalla se librara por contrato.

Y, aunque lo parezca, no por ello miente en absoluto, no al menos para los oídos de aquel que la ha sabido escuchar: pues “legal” es el marco en el que se libra la batalla. Pertenece a la Justicia, que como Edipo no ve. Solo de esta manera ha podido el hombre llegar a tener fe en el “éxito” de sus posibilidades.

Esta es la “trampa” en la que cae todo buen pater familias (figura por suerte anticuada, aunque menos de lo que se podría creer): solo él es el responsable de que se lleguen a cumplir los términos del contrato. ¿Cuáles son estos? Segundo riesgo de espóiler; aunque no descubriremos nada si anunciamos que no han de ser otros que los adecuados a la moral burguesa: casa, coche, escuela…

Pero la moral burguesa es laxa. Por eso la cuestión no es nunca la del cómo se llega a cumplir, sino la de quién detenta la Ley, la misma ley que desde Kant nos garantiza (ella sí) nuestra subjetividad. Se ve ahora que la mujer nunca ha mentido: “la ley no la detento yo”, dice ella; “la ley la detenta aquel que es el mismo que posee mi deseo”, o sea otro, que, como en el caso del hombre, la condena a la insatisfacción.

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Aquí yace el secreto menos decoroso de todos los que se encubren en el matrimonio burgués; pues, aunque la mujer no miente, no habla para cualquiera. Como el oráculo, en su boca se retuerce la verdad hasta que se la tornar irreconocible y se confunde con la mentira misma. La “realidad” es el resultado tendencioso que surge de tal enrevesamiento.

Y en semejante ofuscación, decimos que el sujeto ríe. O mejor: porque ríe, empieza a tener que ver con eso que hemos llamado subjetividad; aunque solo sea porque ha reconocido su carencia: “su” deseo solo ha estado ahí en la medida en que ha faltado por todas partes. Si el espectador puede observar, incluso con repulsa, cómo nuestro protagonista comienza a traicionar a otros personajes de la historia, solo se debe a que primero ha tenido que traicionarse a sí mismo para que su andadura pudiera al menos comenzar.

Cuando el otro no compra, se desmoronan con ello todas las ventas que anteriormente sí se habían producido; pierden estas su valor y descubren su carácter ilusorio. Así puede nuestro vendedor llegar por fin a la conciencia de quién siempre ha “sido”: él no es ya “otro” que aquel que ha hecho propio (por cierto que a través de la palabra) un deseo que en rigor no es sino el deseo que, porque comercia con él, no le corresponde satisfacer; por ello, no es nada más que un invitado a la fiesta, conveniente, imprescindible pese a que no la disfrute, aunque solo sea porque sin él la misma no puede tener lugar.

“No podría haber sido de otro modo”. Finalmente, lo que la risa revela es que todo tiene sentido. El otro, simplemente, nunca habría podido “comprar”.


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