Un paseo por el cosmos

materiaoscura

A algunos les extrañará que dedique mi primera publicación (si descontamos el saludo inaugural) a una serie de libros coleccionables que ha comenzado este mes y que tiene por título “Un paseo por el cosmos”.

Pero, sin duda, la cosa misma plantea muchas preguntas, aunque solo sea por la necesidad de justificar por qué he optado por comprar el libro sobre física, en lugar de decidirme por cualquiera de las dos colecciones sobre filosofía, todas ellas de divulgación, que compartían espacio con él en el kiosko.

Se trata, pues, de pensar en el interés filosófico de la física, y en este sentido, aun antes de abrir las páginas de mi ejemplar, nos viene a la mente el recuerdo de los presocráticos.

En el inicio de la filosofía se hablaba, sobre todo, del origen del mundo, donde por “origen” había que entender no solo “comienzo”, sino “principio”, en el sentido de fundamento o estructura. En aquellos tiempos se pronunciaba “arjé”.

Y eso es exactamente lo que la física ha vuelto a encontrar alrededor de nosotros, después de que la filosofía se haya olvidado del cosmos -después de que la filosofía se haya olvidado de la materialidad de todo lo real: la materia, que es un concepto fundador de su objeto.

El primer tomo de esta colección versa, literalmente, sobre “La materia oscura”, pero la pregunta de fondo es todo el tiempo la del origen. De otro modo: ¿por qué hay algo y no más bien nada? Pregunta filosófica donde las haya. Y es este hecho el que debe hacernos pensar.

¿Qué motivo hemos de encontrar en el abandono filosófico de la cosmología? Fíjese que ya no decimos “física”, ni siquiera “ciencia”. Quizás la cuestión no es determinante -por el momento. ¿Leeremos en él una muestra de modestia, como defenderá el adalid de la crítica? ¿En qué momento empezó la “ley celeste” a ser menos filosófica que la “ley moral” que nos habita?

¿Es porque su saber -el del físico- proviene de la experiencia? El filósofo debe convertirse entonces en ese adivino ciego al que nadie hace caso, pero no puede dejar de hablar para demostrar su razón. Razón terrorífica, que augura fatalidades. El filósofo produce desconfianza, y aun miedo.

La historia de Edipo nos muestra que aquí se esconde la tragedia de Occidente: después de que el hombre ha visto y escuchado lo que tiene que decirle el sabio invidente, ya no le queda más remedio que arrancarse los propios ojos.

¿Es entonces Tiresias el paradigma del filósofo? Pero en este caso, ¿trae su palabra la solución del acertijo que acabará con la peste?

¿Qué peste? ¡Ya nos hemos excedido con la alegoría! Lo que en cualquier caso refulge aquí como la propia verdad es que, si tiene que haber una solución al enigma del origen, quizás esta no pase por que el filósofo vuelva a ver, pero sí por que se inmiscuya de una vez y por fin pronuncie (tarde, pero a su debido tiempo) la palabra inoportuna que no quiere ser oída; palabra prohibida que invierte los términos del milagro. Pues la sanación ya no pasa por la vista, sino por arrancarse los ojos.


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